martes, 10 de mayo de 2016

Feliciano Correa III

Correa, contrariamente a lo que pensábamos todos, volvió después de lo estipulado por el Comité, a dar su testimonio. Estaba cambiado, más delgado. La pérdida de peso le sobresaltaba, aún más, sus ojos rasgados. Había logrado pasar las pruebas de los psiquiatras. ¿Qué les habrá dicho? Esos estudios, igual que los que le realizaron a la nave, nunca se publicaron. Todos notamos con claridad y sin asombro que Correa estaba cambiado, estaba débil y congestionado, no parecía ser el mismo de antes.
—No recuerdo mucho lo que pasó allá arriba. Creía recordar, pero no. No recuerdo nada. Crisóstomo me ha dicho que no debo recordar más, porque ninguno de ustedes me va a creer…
La mujer del Dr. Gastaldi había decidido, después de su recaída en la sesión anterior, no asistir, al menos a la última declaración de Correa, y prefirió ver la indagatoria por televisión.   
—… Me comí a un hombre. Un tiempo después (no recuerdo cuánto, quizás unos tres meses) del asado que había preparado el Brigadier, estuvimos listos para volver. Tenía una libreta donde anotaba algunas impresiones y reflexiones. Me vendría bien ahora, porque en ella anoté muchos detalles sobre la experiencia. Pero han decidido, ustedes, señores del tribunal inquisidor, que se la llevaran los yanquis, y luego estos gringos vienen a decirme cómo y qué debo decir.
Ya nadie le decía nada. Ternieri permaneció en silencio, por ratos lo sorprendí con una sonrisa nefasta dibujada en la cara. Se extrañaban sus intervenciones tan elaboradas: “¿Usted quiere que creamos estas patrañas? ¿Por quiénes nos ha tomado, Teniente?”. Débil y congestionado. La situación de Correa era delicada, estaba entre las cuerdas, pero todavía quería dar batalla, tenía ganas de decir su punto de vista; tal vez con la ayuda de Crisóstomo, tal vez con su propia conciencia, eso ya no importaba. Correa tenía más cosas para decir y todos las queríamos oír.        
—… “Oíd mortales el grito sagrado…” —gritó de pronto—, le enseñé a Crisóstomo el Himno Nacional —agregó luego, más tranquilo—. Intentaba explicarle cómo es el fútbol y en un momento me encontré enseñándole el Himno. Lo miré fijo y le conté cuando le cortaron las piernas al Diego en el Mundial del ’94. Él me preguntó cómo podía contarle esa historia si yo no había nacido. Me la contó mi papá y además vi las películas Héroes y Héroes otra vez, le dije. La efedrina —sacó la caja de un antigripal y se puso a leer el prospecto—: “…es un simpaticomimético con actividad alfa-mimética predominante en la relación a la actividad beta, un descongestivo sistemático, que actúa sobre los receptores alfa-adrenérgicos de la mucosa del tracto respiratorio y produce vasoconstricción”.
Pidió un vaso de agua a un ordenanza que estaba parado a su derecha y cuando se lo trajo, se lo agradeció muy cordial e insistentemente. Luego se llevó, con mucha calma, una pastilla a la boca y se bebió el vaso completo, de un tirón.     
—La noche eterna en aquel exoplaneta se perdía extraña en las sierras áridas, millones de estrellas nos ofrecían una luz tenue, nos quedamos dormidos. Yo, con el termo entre las piernas. Crisóstomo, a mi lado, con el mate en la mano. Encontré un poco de yerba entre las cosas de Gastaldi y estuve unos días enseñándole a Crisóstomo a tomar mate. Al principio hacía arcadas, pero luego se acostumbró al sabor y a los efectos de la yerba. Cuando despertamos estábamos congelados, hacía un frío terrible. No sentía las piernas. Me sobresalté cuando sorprendí al Brigadier, intentaba, con una jeringa muy grande, robarme un poco más de sangre para seguir experimentando en el laboratorio. En una semana le había entregado, amistosamente, casi un litro de sangre; pero no conforme con eso, ahora me robaba sangre mientras dormía. “¿Qué hacés?”, le dije y estuve a punto de putearlo o lo que es peor, de darle una “ñapi en la jeta”, como le dije luego a Crisóstomo. Pero me contuve, era mi superior, no podía faltarle el respeto, tampoco iba a dejarme hacer cualquier cosa. Yo no quería terminar como el Dr. Gastaldi. No me dejaría comer por nada del mundo. ¿Qué mundo?, ¿éste o aquél?          
Ahora lanzaba, como si fueran trompadas al aire, preguntas retóricas. La pérdida de peso le sobresaltaba, aún más, sus ojos rasgados, su tez oscura. Estaba débil y congestionado, no parecía ser el mismo de antes, por momentos daba pena. 
—Las crónicas de Gándara, así llamaba a mi cuaderno, porque había bautizado al planeta con ese nombre, Gándara. A Crisóstomo le gustó la idea. El Brigadier ya se había enterado de que nos encontrábamos aterrizados en un exoplaneta, pero evitaba el tema, lo negaba. Seguramente, también lo negará cuando sea interrogado. Hay muchas cosas que negará, yo ya lo sé. Sé que intentará dejarme en ridículo.
—Por favor, Teniente Correa, intente evitar los juicios de valor sobre el Brigadier Gómez Herrera —le señaló, sólo por compromiso, el Presidente del Comité, porque el resto de la sesión casi no lo interrumpirían.   
Tomó un poco de aire y otro vaso de agua. Luego se quedó en silencio por un largo rato. En silencio, se le exageró un tic nervioso que había adquirido recientemente: parpadeaba muy seguido y cada tres parpadeos, imperceptiblemente, estiraba la boca hacia atrás y hacia arriba, mostrando los dientes, como una sonrisa forzada. “Parece un coatí asustado”, me comentó un corresponsal paraguayo que estaba sentado a mi lado, yo asentí con la cabeza y le dije “Sí, está acabado”. Anoté el diálogo con mi colega en mi libretita negra, subrayé la palabra coatí. Llegué a mi casa y la busqué en internet: guaraní, mamífero carnicero parecido al zorro. Cuando encontré el significado, no lo relacioné con Correa, le faltaba astucia para parecerse a un zorro pero, como nunca había visto un coatí, no le di más vueltas al asunto y creí en las palabras de mi colega, que me habían parecido sinceras cuando me lo dijo.        
—Perdón —dijo de pronto—, estoy un poco achumado, deben ser las pastillas con efedrina que estoy tomando para el resfrío. Durante los dos años que pasamos en Gándara nunca nos enfermamos. Es increíble, porque allá arriba, por momentos, hacía un frío que calaba bien hondo los huesos. En la Sojisticus teníamos morfina. Un par de veces, por las noches,  nos inyectamos un poco para soportar el frío, los dolores del alma, la soledad. “¿Cómo es el cielo en el otro extremo de Gándara?”, le pregunté una de esas noches a Crisóstomo. Él me observó detenidamente, estaba tan drogado como yo. Dijo: “Es cristalino, de tonos azulados, todos los tonos del azul, hasta llegar al celeste”. “Nuestra bandera es celeste y blanca”, le conté y luego le mostré una bandera argentina que llevábamos bordada en la manga derecha de nuestro uniforme y otra que flameaba sobre la Sojisticus. Antes de regresar, el Brigadier Herrera la descolgó, la ató a una vara de acero y la clavó en suelo gandareño…,
“Señores del Gobierno, hemos conquistado una nueva e importante porción de tierra para ensanchar nuestro territorio nacional, sólo hay que volver a reclamarlo, asentarse en él”, diría un mes después el Brigadier Gómez Herrera en su indagatoria.        
—… bajo su cielo de tonos azulados. De postre hubo morfina. Sabíamos que ustedes no irían por nosotros. Imagínense la tensión con la que vivíamos. Cuando llegaba la cena tratábamos de no perder el vínculo que nos unía con la realidad. Charlábamos. Nos contábamos cosas de nuestras vidas. “¿Teniente, cree que Gastaldi era buena persona?”, me preguntó un día el Brigadier. Yo no supe que responderle. A Gastaldi lo conocí un año antes del viaje, nunca antes lo había visto en mi vida. Lo vi por primera vez en el Área Material Quilmes, más conocida como la IMPA, allí realizamos el entrenamiento para el viaje. Consistía en mucho ejercicio físico; pruebas de inteligencia: ejercicios de física, química, matemáticas, y unas setenta y dos horas semanales de simulacros de vuelo, en un simulador que fue construido especialmente para la misión. Seudosojisticus 0, lo llamábamos con Gastaldi. Herrera nunca participaba de nuestras bromas, desde el principio fue el superior al mando. En las pruebas físicas siempre bastardeaba a Gastaldi porque no era bueno haciendo ejercicio físico; es verdad, era algo torpe, pero le salían muy bien las pruebas de inteligencia. Creo que a Herrera le molestaba eso. Se desquitaba de la superioridad de Gastaldi para las cuentas en el simulador de vuelos, tenía muchas horas de práctica, aunque volar un avión no era exactamente igual que volar la Sojisticus, Herrera lo hacía muy bien.  En el campo de deportes y en el gimnasio, yo era el que más se destacaba, porque era el más joven de la tripulación. Pero el Brigadier, a veces, organizaba las rutinas de entrenamiento y nos daba las órdenes. “Gastaldi, usted tiene menos reacción que una babosa”, le gritaba Herrera al doctor. Después me enteré de que se conocían de mucho antes; se habían conocido, algunos en la Base decían que en una reunión de Estado; otros, en una cacería de tiburones. Una noche el Brigadier estaba pasado de morfina y licor y me dijo que a él no le gustaba el agua. “Yo soy como un ave, Teniente. El agua no es para mí, a mí me gusta estar arriba, en el aire, volar, llegar lejos. El mar tiene sus límites, en cambio el cielo es infinito, nunca se toca el fondo”. Sus experimentos no dieron buenos resultados, para lo único que sirvieron fue para engordar a los animales y vegetales que habían copado la nave. “Estamos en guerra”, me gritó una noche y lo obligó a Crisóstomo a que haga un mapa del exoplaneta. Quería saber de dónde provenían esas criaturas. Nos había escuchado hablar, a Crisóstomo y a mí, de la región central y quería conocerla.  “Dale, dibujá, mierda”, le gritaba y Crisóstomo lo miraba con paciencia, no le decía nada, sólo lo miraba, tampoco agarraba el lápiz. Pero después de un rato de insistirle, tomó el lápiz y garabateó un mapa. Dibujó unas montañas altas y kilómetros de desierto. Señaló, con una cruz, una cueva en una de las montañas, por donde, según él, se ingresaba, descendiendo por una gruta, a la zona central del planeta. “Allí es”, le decía y señalaba el mapa. “Trescientos kilómetros hasta la primera precordillera, luego unos cien kilómetros al norte, donde se encuentran los macizos rocosos más altos, ahí se encuentra la cueva de…”, pensó qué nombre darle y dijo: “…Montesinos”. Luego me miró cómplice y agregó: “El descenso debe ser lento, ya que la gruta es muy angosta, sólo cabe un cuerpo a la vez”. Cuando nos despertamos, el Brigadier preparaba su equipo para salir a hacer un examen del terreno. El vehículo de reconocimiento estaba atorado en el transbordador, tuvo que bajar manualmente la compuerta de emergencia para liberarlo. El vehículo estaba preparado para transitar terrenos áridos y difíciles y hacer dos mil kilómetros. Herrera quería llegar hasta la cueva y descender por la gruta. Descolgó la Bandera argentina de la Sojisticus, la dobló cuidadosamente, la guardó en una caja y luego buscó una vara de metal que ató al portaequipajes del vehículo de reconocimiento. “¿Vienen conmigo?”, nos preguntó. “No”, le dijimos con la cabeza, ya ni siquiera le hablábamos. Creo que después de aquella noche, casi no volvimos a hablar. Cuando se fue, entramos al laboratorio, teníamos la entrada prohibida. Lo que vimos allí es algo repugnante que no puedo traducir en palabras, Herrera se había convertido en un monstruo desalmado, una suerte de Mengele o doctor Moreau. Nunca podré sacarme de la cabeza lo que vi allí, era espeluznante. Les dimos una muerte digna a todas aquellas criaturas y procuramos llenar los tanques vacíos de combustible, ya que Herrera sólo había logrado unos pocos litros, deficientes para conseguir el despegue. El combustible que utilizamos para regresar fue una fórmula que ideó Crisóstomo: acrecentando la gradación alcohólica de su licor, consiguió una especie de gas butano muy espeso. El Brigadier estuvo ausente una semana. Después de unos días de su regreso, supimos qué pasó, dónde había estado. Pero sospechábamos que no había encontrado la cueva, ni nada. En realidad lo sabíamos, porque Crisóstomo me contó que dibujó cualquier cosa como mapa, las distancias eran imprecisas y la cueva, claro, no existía, sino que se descendía a la región central por una gruta marina, que quedaba a cinco mil quinientos kilómetros de donde nos encontrábamos, no en una alta cordillera sino en un golfo de gran calado.                                             
  “Señores del Gobierno, hemos conquistado una nueva e importante porción de tierra…”, diría un mes después el Brigadier Gómez Herrera en su indagatoria.
La pérdida de peso le sobresaltaba, aún más, sus ojos rasgados, su tez oscura. Estaba débil y congestionado. Pero ahora estaba siendo más preciso al hablar, no se contradecía. Por primera vez en los tres interrogatorios, se estaba soltando, por fin lo dejaban hablar, decir todo lo que tenía para contar con lujo de detalles. Su relato era cada vez más inverosímil pero, también, apasionante.     
—… Trajo de nuevo la bandera, pero la dejó doblada en la caja hasta el día en que regresamos. Ese día la sacó con mucho cuidado, la desplegó sobre la mesa, la ató fuerte en un extremo de la vara de metal y, antes del despegue, la clavó en el suelo árido de Gándara. La bandera flameaba contenta en la atmósfera de tonos azulados de aquel planeta lejano. La vimos flamear un buen rato desde la nave y la saludamos, felices, con las dos manos. “Chau, bandera, chau”, le decíamos y la saludábamos, con nostalgia, con temor y felicidad. Seguramente, todos ustedes se preguntarán, en este preciso momento, ¿cómo hicimos para regresar? ¿Cómo pudimos hacerlo si las naves humanas, a gatas, llegan hasta Marte? ¿Teníamos el suficiente combustible para poder hacerlo?
Ahora, volvía a lanzar, como si fueran trompadas al aire, preguntas retóricas. La pérdida de peso le sobresaltaba, aún más, sus ojos rasgados, su tez oscura. De nuevo exageraba su tic nervioso que había adquirido recientemente: parpadeaba muy seguido y cada tres parpadeos, imperceptiblemente, estiraba la boca hacia atrás y hacia arriba, mostrando los dientes, como una sonrisa forzada.
A las 12:45 horas, El Tribunal propuso hacer un receso de una hora y media para almorzar y tomar un poco de aire. Salí rápido de la sala, no quería cruzarme con nadie de los Medios. Seguramente, propondrían ir a algún bar aledaño a tomar unas cervezas, a fumar como condenados a muerte y a pegarse un sartenazo en el baño, cada quince minutos. Hablarían, sin parar, del rating, de fútbol, de mujeres y de hombres, del clima, etc.
Compré un sándwich de milanesa completo y una gaseosa y luego caminé sin un rumbo preciso. Llegué a una plaza pequeña que me resultaba familiar y me senté bajo un árbol robusto que resistía el cemento de la ciudad, que lo iba acorralando de a poco. Efectivamente, yo ya había estado allí en otra oportunidad. Dos años antes, después de entregar un trabajo en una editorial de la zona, caminé, también sin rumbo, y llegué hasta aquí. La plaza era más grande, había más verde y otros cuatro árboles, tan robustos como el que seguía resistiéndose. Crucé la puerta de la reja que rodeaba la plaza; pasé la vista, con cierto desgano, para elegir un buen lugar y me senté a tomar la gaseosa y comer el sándwich. Abrí el sachetcito que te daban con la vianda, y le agregué una escasa cantidad de kétchup por arriba; aunque debo confesar que estaba muy bueno: una milanesa gigante con doble rebozado, dos rodajas de tomate, tres fetas de jamón cocido y tres de queso de máquina, fundido al pan rallado debido al calor de la carne.
Hice un repaso mental, ayudado por mis notas y papeles, para recordar el día del aterrizaje forzoso en el río Paraná. “Correa hará, seguramente, referencia al episodio”, pensé. Ese día me interesaba sobremanera, porque de lo sucedido en el espacio no existen, por el momento, hipótesis firmes, pero sobre lo sucedido aquí, en la tierra, se puede investigar más para llegar a algunas verdades.
“Habría aterrizado un ovni en el río Paraná”, leí en una nota que tenía en la libretita negra. Fue la primera información que se conoció sobre el hecho, lo había dicho un locutor de una radio de Rosario y, a los pocos minutos, Crónica TV mostraba una de sus famosas placas: “Aterrizó una nave extraterrestre en el río Paraná, marcianos toman isla cerca de Rosario”. Un satélite de la INCOC había captado a la Sojisticus dos días antes de que entrara en la atmósfera. El Área estuvo cerrada casi desde el comienzo. Ningún Medio nacional o internacional tuvo acceso a la zona vallada.
El satélite no había podido captar imágenes, sólo se sabía que un cuerpo pequeño, que no parecía ser un meteorito, en dos días entraría a la atmósfera terrestre a gran velocidad, e impactaría en el río. “¡Por fin llegó el día! El sueño de la INCOC se hace realidad”, publicó un periódico francés un día antes del hecho. “¿Por qué la INCOC dio a conocer este caso bochornoso?”, decía uno ruso, unas semanas después, cuando ya había comenzado el juicio. “Hubiera sido mejor que nos dijeran que realmente habían encontrado extraterrestres. Aunque estos dos son bastante marcianos”, anoté en el margen de la hoja del diario.
¿Qué nos oculta la INCOC con el papelón del Teniente Correa y del Brigadier Gómez Herrera? ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi?; ¿en verdad se lo habían comido como yo comía aquel sándwich de milanesa completo en una plaza que siempre encuentro por azar, en esta ciudad asfixiante, cuando necesito tomar aire, caminar y pensar? ¿Lo mataron y se lo comieron? ¿Qué hay de aquellas criaturas que ambos describieron?
Terminé el sándwich, saqué un cigarrillo y fumé tranquilo, observando la hierba rala crecer. La reja tenía una altura de dos metros, más o menos; una planta se enredaba en ella y cubría todo el sector lateral. El frente estaba lampiño. Era esa hora de la tarde, cuando el sol está bien en lo alto y quema. Por suerte estaba bajo aquel árbol robusto que me daba sombra. Hacía dos meses que había caído la nave en el río. Me detuve en las raíces: un numeroso ejército de hormigas trasladaba medio cadáver de una cucaracha y dos de unos grillos, hacia el hormiguero. Era impresionante ver cómo los sujetaban para arrastrarlos. Dos días después del aterrizaje, un pescador de la zona le contó, a un pequeño periódico santafesino, que había visto una criatura extraña nadando en el río. Los Medios masivos no dijeron ni “mu” sobre el asunto; a principios de este mes, un día antes de que comenzara el testimonio de Correa, apareció, en un periódico online extranjero, otro relato de un pescador sobre criaturas extrañas avistadas en el río. Levanté la mirada cuando las hormigas ya habían introducido completamente el cadáver de la cucaracha y ahora iban por el primero de los grillos; miré mi reloj, la audiencia se reanudaría en cinco minutos. Cerré mis apuntes, me incorporé, tiré los restos de mi vianda en el tacho de basura que estaba en la puerta de la plaza y aceleré el paso en dirección al juzgado. Cuando llegué, Correa ya había comenzado a hablar. Pedí permiso, lo más silenciosamente que pude, y me senté en la silla que tenía reservada porque cubría el Juicio para un importante magazine internacional. Correa continuaba su relato cada vez con más dispersiones, comentarios superfluos y divagaciones.                                                           
—… Crisóstomo hacía días que estaba muy concentrado. “La puta madre, justo en el agua vamos a caer”, gritó el Brigadier cuando caímos al río. La cápsula se sumergió unos setenta metros hasta el fondo, y salió expulsada con furia hacia arriba. Luego, flotó en las aguas dulces del río, por una media hora, hasta que fuimos rescatados por los soldados de la INCOC. “Los gringos siempre entrometiéndose con el destino de la Patria”, agregó el Brigadier y luego continuó “Ya nadie recuerda las gestas patrióticas”. Desde chico siempre tuve sueños muy extraños, premonitorios. Cuando desperté estaba en un cuarto oscuro, creo que era de noche. Mientras intentaba incorporarme en la cama, entró un enfermero trayéndome un cóctel de medicamentos y calmantes; entonces lo vi con una jeringa tratando de extraerme sangre, me sobresalté un poco e intenté golpearlo, recordé la escena en Gándara, vi a Herrera en aquel pobre hombre e intenté defenderme con todas mis fuerzas. Tuvieron que venir dos enfermeros más para sujetarme. Entre los tres, lograron doblegarme para extraerme la sangre, luego me inyectaron un calmante y me hicieron tragar toda la medicación. Volví al sueño. Cuando se abrió la escotilla principal y pudimos salir de la cápsula, unos treinta hombres armados hasta los dientes nos apuntaban con armas de todos los calibres, desde tres barcos que nos rodeaban. El calor incandescente del chasis de la Sojisticus, en contacto con el agua, la había condensado y se produjo un vapor que no me permitía ver bien, pero de todas maneras, confirmo, señores, que vi a unos treinta hombres bien armados apuntándonos. Toqué el agua cuando dos soldados intentaron sujetarme con fuerza, para conducirme a uno de los botes, rocé el agua con la punta de los dedos y luego se me sumergieron los pies. El agua estaba fría, pero por suerte, la humedad del aire había aclimatado un poco mi cuerpo y el contraste no fue tanto. “¿Te da miedo ir a la Tierra?”, le pregunté a Crisóstomo, hacía días que estaba muy concentrado, reflexivo. “¿Y vos, mi Teniente, tiene miedo de quedarse a vivir en Gándara?”, me respondió él con otra pregunta. Todavía no lo sé, no sé si tuve miedo allá, si simplemente me acostumbré o qué. Le temía más al Brigadier. “¿Teniente, creés que Gastaldi era buena persona?”, me preguntó luego, y la pregunta me recordó las palabras de Herrera. “No lo sé tampoco. No parecía lo contrario. Creo que no lo conocí lo suficiente”. Esa fue mi respuesta.        
“Aterrizó una nave extraterrestre en el río Paraná, marcianos toman isla cerca de Rosario”. “Vi algo que se movía ondulante en los juncos de la orilla”, de pronto volvían a mí algunas de las citas y anotaciones que había retenido durante el almuerzo. Abrí mi libretita negra y tomé nota de la definición que dio Correa de los Agujeros de gusano, me pareció muy atinada, pero ininteligible.                  
—“Estoy pensando la forma de salir de aquí. Tenemos que llegar hasta el Agujero de gusano que los trajo. Hay riesgos, bastante altos, de no lograrlo. Podría conducirnos a cualquier parte”, dijo después. Yo lo miré atónito, no sabía que eso era posible. Había escuchado hablar de esos gusanos en las clases de entrenamiento, pero las hipótesis científicas descartaron, hace ya algún tiempo, la posibilidad de utilizarlos como puentes espaciales para acortar distancias siderales, porque dicen que “las otras dimensiones espaciales estarían contractadas o compactadas a escalas subatómicas, por lo que es imposible aprovechar estas dimensiones espaciales extras para viajes en el espacio-tiempo”. En el sueño estaba parado en el desierto de Gándara, solo, absolutamente solo. La tierra seca se abría de pronto y salían bocas gigantes que intentaban tragarme. Adentro de las bocas podía ver un paraíso. El paraíso que me describió Crisóstomo. La región interior central.

“¿Las hipótesis científicas descartaron la posibilidad de utilizarlos como puentes espaciales para acortar distancias siderales, las otras dimensiones espaciales estarían contractadas o compactadas a escalas subatómicas, por lo que es imposible aprovechar estas dimensiones espaciales extras para viajes en el espacio-tiempo?”. La escribí así, con signos de pregunta, tenía que informarme sobre estos gusanos, nunca antes había oído hablar de ellos.
—De pronto se acercó el Brigadier e hicimos silencio. “¿Dónde está tu tierra?”, le preguntó irónicamente, a Crisóstomo. Él miró el cielo, moviendo las manitas, señalando hacia arriba, rezando a su manera. Porque todas las criaturas pertenecen a Dios. Yo miré al Brigadier con odio y él lo notó. Crisóstomo le respondió “De acá, ahora creo que soy de acá, de Gándara, como llama el Teniente a esta tierra”. Herrera dio media vuelta y se fue. No esperaba la respuesta de Crisóstomo. Creía que él era una marioneta mía, que yo lo manipulaba a mi antojo, pero eso no es cierto. Crisóstomo siempre fue independiente. No sabíamos dónde fue cuando estuvo ausente. “Deberíamos indagarlo un poco”, me dijo Crisóstomo. Yo lo miré y asentí con la cabeza. “Tenemos que darle del licor nuevo que estuviste preparando”. No me dejan ir, veo la estrecha gruta marina en el golfo de gran calado, el cielo es cristalino, de tonos azulados, todos los tonos del azul, hasta llegar al celeste como el de nuestra bandera. ¿Qué mundo? Por fin, una de las bocas me tragaba, del otro lado observé confuso, siguiendo con la vista las rastrilladas que surcaban la pampa en todas las direcciones: kilómetros y kilómetros de selvas con profunda vegetación, océanos de agua dulce y salada y uno de los mejores oxígenos de toda esta galaxia, como había afirmado Crisóstomo. También había especies animales, vegetales y minerales de las más variadas. Eso soñé. “Gringos de mierda, ustedes siempre entrometiéndose con el destino de mi Patria, ¿ya se olvidaron de las gestas patrióticas, cuando los corrimos con agua o aceite hirviendo, o en la Vuelta de Obligado?”, les gritaba el Brigadier a los soldados de la INCOC, cuando intentaron sujetarlo para llevarlo hasta el bote. 
Entonces se hizo un silencio. Correa exageró una vez más su tic nervioso (parpadeaba muy seguido y cada tres parpadeos, imperceptiblemente, estiraba la boca hacia atrás y hacia arriba, mostrando los dientes, como una sonrisa forzada), y le lanzó una mirada fulminante a Ternieri. El General miraba para otro lado y se pasaba un pañuelo por la frente. “¿Qué va a decir ahora?”, pensé. Todos sabíamos que Ternieri había participado activamente en el operativo de rescate, por eso formaba parte del Tribunal. Él había escoltado, en un PIPER PA-31, a Correa y Gómez Herrera, desde el río hasta la base de la IIª Brigada Aérea de Paraná, en la provincia de Entre Ríos, donde se les realizaron las primeras pruebas médicas a los astronautas argentinos.   
   —… Eufórico, golpeó a uno de un puñetazo. Otro le puso una pistola automática en la cabeza y le dijo “Came on, move”. Finalmente, luego de unos minutos de tensión, en los que el Brigadier sintió el metal frío en la sien y la sangre hirviéndole por las venas, tuvo que intervenir un alto Oficial de la Fuerza Aérea Argentina, que Gómez Herrera reconoció rápidamente, para que no recibiera una paliza; ya lo habían rodeado y lo sujetaban de los brazos, se disponían a golpearlo. En realidad, lo golpearon con fuerza en el rostro una o dos veces. Esa noche, bajo los efectos del licor de Crisóstomo, el Brigadier se soltó y se fue de boca. Dijo muchas cosas, y entre ellas, por suerte, porque era lo que queríamos oír, nos narró la historia de su viaje por Gándara.
La congestión de Correa había desaparecido, la medicación comenzaba a hacerle efecto. Ahora se lo veía más robustecido y joven. Había en la pared, frente a él, unos grandes vitrales que reflejaban, sobre su cuerpo, una luz ocre, y le desdibujaba las facciones del rostro. Quizás ese efecto me hizo verlo más robusto y joven. Una fuerza sobrenatural, la luz, lo envolvía en un aura llameante, una especie de campo magnético. Así, protegido por la luminosidad tenue del ocaso, comenzó el relato sobre la excursión del Brigadier Gómez Herrera por los desiertos del lejano exoplaneta[1].
—… “Son puras patrañas”, me dijo Crisóstomo cuando nos encontramos solos. Herrera se había quedado dormido en la silla; tenía la cabeza hacia abajo, mirando el suelo y un hilo de baba le caía de la boca y se acumulaba sobre su uniforme. “¿Sabés una cosa mi Teniente? Yo tampoco sé cómo era Gastaldi, porque no lo conocí. Pero escuché cuando le decía al Brigadier No me mate, por favor, no me mate, y el otro le sacudía con todo: tenía el extintor con las dos manos alzadas y lo dejaba caer con fuerza, primero sobre los brazos de Gastaldi que intentaba cubrirse; luego sobre la cabeza y el rostro. Usted también lo vio, ¿no, Teniente?”, me decía Crisóstomo y yo le rehuía la mirada; no quería recordar la escena, pero sí, lo había visto todo. Yo sé que Herrera lo negará completamente, pero él no tuvo piedad con el Dr. Gastaldi, las criaturas no tuvieron nada que ver en todo esto, tampoco nuestra separación después del salto espacio-temporal en el Agujero de gusano. “¿Cuánto hace de nuestro regreso?”, le pregunté una mañana a mi enfermero. Él se encogió de hombros. He perdido la capacidad que tienen los hombres para calcular el tiempo. Cuando era chico lo sabía de sólo mirar el cielo. Esas cosas se saben en el campo…
         En silencio, volvió a hacer la mueca de la que ya les hablé: parpadeaba muy seguido y cada tres parpadeos, imperceptiblemente, estiraba la boca hacia atrás y hacia arriba, mostrando los dientes, como una risa nerviosa. Desde el fondo de la sala, su padre sollozaba, tenía las manos detrás del cuerpo, ocultas. Después, hablando con un fotógrafo amigo que se encontraba en la sala, me dijo que él vio que el padre de Correa cruzaba los dedos detrás del cuerpo. Su hijo menor, cada tanto le secaba las lágrimas con la mano y lo palmeaba con suavidad en la espalda o en el hombro.     
—… son los gajes del oficio de cualquier paisano, pero yo los he perdido. El sueño terminaba así: una de las bocas me tragaba. Del otro lado, al final de la rastrillada, había kilómetros y kilómetros de profunda vegetación; océanos de agua dulce y salada, donde nadaban peces rayados y cuadriculados. En el cielo y sobre los árboles, aves salvajes de exótico plumaje. Quietos o en movimiento, cazando, pastando, grandes y pequeños mamíferos, réptiles y otras especies. El enfermero corrió las cortinas, para que entrara un poco de luz. Necesitaba, como algunos lagartos, calentar mi piel por unos minutos. No he vuelto a mi vida anterior y no creo volver a ella. Utilizando el Agujero de gusano y grandes cantidades de combustible, logramos volver a la Vía láctea, aproximadamente, en dos días; antes de llegar, a la distancia reconocimos la espiral barrada, su núcleo galáctico activo. “Debimos estar en Andrómeda o en la galaxia del Triangulo”, me dijo Herrera. Yo me encogí de hombros.
—¿Alguien quiere hacerle algunas preguntas al Teniente? —dijo sin ganas el Presidente del Tribunal—. Bueno, entonces damos por cerrada la sesión —agregó, inmediatamente, sin permitir que nadie osara levantar la mano para hacer una pregunta—. Recuerden que continuaremos en tres días con la indagatoria al Brigadier Gómez Herrera. Los esperamos a partir de las ocho horas del día lunes. Gracias. 
—Permítame, Sr. Presidente, una última aclaración —dijo de pronto Correa—. Algunos me preguntaron en la primera sesión si Crisóstomo estaba conmigo en la sala. La respuesta es que no. Él nunca vino a la Tierra, prefirió quedarse en Gándara. A veces se comunica conmigo telepáticamente o en sueños… —El Presidente lo detuvo al instante, no permitiría, de ninguna manera, que Correa siguiera hablando. “Gracias, Teniente, su indagatoria ya ha terminado”, dijo y todos comenzamos a retirarnos lentamente del recinto.         

Así finalizó su testimonio el Teniente Correa. La indagatoria duró doce horas en total. Correa no se calló nada. Volvió a declarar su inocencia e incriminó nuevamente al Brigadier Gómez Herrera por la muerte del Dr. Carlos Gastaldi; y no tuvo tapujos para acusar gravemente a la INCOC y a la Fuerza Aérea por sus métodos persuasivos en el operativo de “rescate”. Cuando terminó, hizo la mueca por última vez: parpadeó muy seguido y cada tres parpadeos, imperceptiblemente, estiró la boca hacia atrás y hacia arriba, mostrando los dientes, como sonriendo nervioso. Después fue trasladado por unos oficiales hasta un vehículo de la Fuerza Aérea que lo esperaba afuera del recinto; continuaría incomunicado hasta saber el veredicto del Tribunal, todavía no se sabía bien cuáles eran los cargos, la investigación era muy turbia, había más incógnitas que certezas. Mientras tanto, ¿dónde estaba la Sojisticus AR-1? ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¿Qué juicio era éste sin pruebas? ¿La INCOC ocultaba algo, por eso habían secuestrado toda la evidencia? ¿Qué había detrás de los testimonios de los pescadores rosarinos, que aseguraban haber visto criaturas extrañas en el río Paraná? ¿Qué pasaría con los acusados?
El viernes debía irme con un grupo compuesto por camarógrafo, fotógrafo y productor para Santa Fe, a rastrillar la zona del río donde los pescadores aseguraban haber visto a las criaturas extrañas. Cubrimos desde exteriores un móvil para un programa especial que emitió un canal porteño. No encontramos absolutamente nada raro: salí como un tarado en la tele con el micrófono en la mano, interrogué a algunos lugareños, hicimos algunas tomas con el río y la vegetación de fondo, pero no dimos con los seres extraños. De todas maneras, fue una travesía fantástica que prometo contarles en otra oportunidad. El domingo estaría nuevamente en Buenos Aires, porque el lunes tenía que cubrir, desde muy temprano, el primer testimonio del Brigadier. 


[1] Este relato del Teniente, dentro de su testimonio, ganó su propia autonomía; por ese motivo lo transcribo aparte al final de la indagatoria, sin las intervenciones de Correa. (Nota del Narrador).  

lunes, 2 de mayo de 2016

Álvaro Gómez Herrera II

Dos semanas después de la primera sesión, el Brigadier Gómez Herrera volvió a ser interrogado por el Tribunal. Había pasado las dos semanas internado en un nosocomio de la ciudad, recuperándose del pico de presión que había sufrido. Su médico de cabecera, con la ayuda de su abogado, había presentado un informe, advirtiendo al Tribunal de la delicada salud de Gómez Herrera: “El señor Gómez Herrera estuvo a punto de sufrir un ACV (accidente cerebro vascular); por tal motivo, aconsejo al Honorable Comité tomar algunos recaudos para con mi paciente en su indagatoria”, dice, entre otras cosas, la nota que entregó ese día el Dr. Estanislao Araya y que se adjuntó al expediente Nº 23.463/5  en fojas 10.000.
Todos nos dimos cuenta, rápidamente, de que Gómez Herrera no se encontraba tan mal como sugería su médico, porque retomó su relato, sin preámbulos, como si tan sólo ayer lo hubiera abandonado.             

—Logré en algunos meses, mejorar, considerablemente, la fórmula del combustible. Todo el tiempo rezaba para tener la cantidad suficiente y para que apareciera Gastaldi con vida. Eran las principales prioridades. Por suerte las criaturas se multiplicaban rápido, esto me permitía reunir grandes cantidades de desechos orgánicos para acrecentar nuestras reservas de energía. “Si mis cálculos no fallan, en cinco meses podemos marcharnos”, le dije a Correa una tarde. Preparé un asado para festejar y le mostré la fórmula por primera vez. Él me miró con desconfianza, “¿Está seguro Brigadier? ¿No esperáremos más tiempo al Dr. Gastaldi?”; me preguntó Correa. Por ratos miraba la luz. Lo sorprendí en más de una oportunidad, mirando las cosas que había a su alrededor, maravillado; como si las estuviera viendo por primera vez. En más de una oportunidad temí por mi seguridad. Su cara estaba desencajada y miraba la luz tenue del laboratorio. “¿En qué estaría pensando?”, me pregunté en más de una oportunidad… ¿Recuerdan que les conté, la vez anterior, que había llevado unas criaturas con vida al laboratorio? Las utilicé como conejillos de indias para realizar algunas pruebas genéticas. En unas pocas semanas se habían reproducido, tanto, adentro de la jaula, que comenzaron a comerse entre ellas. Destinaban a los más débiles a sufrir el canibalismo, para mantener con vida a la especie; comenzaban por comerles las zonas más blandas, generalmente ojos y mucosas. Luego, los más grandes desgarraban el cuerpo con sus fuertes mandíbulas. Buscando en las cosas que había dejado Gastaldi, encontré una pequeña libreta con anotaciones, tengo que confesar que fueron muy útiles. Separé algunos de estos seres en nuevas jaulas que ordené a Correa que hiciera. Le pedí, también, una muestra de sangre y le inyecté una porción a una de las criaturas, pero no pasó nada…

—¡Miente! —gritó una mujer gorda desde el fondo de la sala, y mientras sacaba un cartel doblado, de su bolsillo. Rápidamente lo desplegó para que fuera tomado por todas las cámaras  y los ojos presentes. “¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi?”, decía el cartel con grandes letras rojas. Los guardias la retiraron de inmediato. Pero los gritos de la mujer eran tan fuertes, que por un largo rato quedaron resonando en la sala; por momentos, el eco rebotaba en las paredes intentando escapar por los pasillos; entonces, al no encontrar salida, volvían al recinto donde se habían originado, generando un efecto delay—: ¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó…?

—…Con el resto hice un suero, mezclando la sangre del Teniente con sangre de las criaturas y una pizca del combustible orgánico. Los resultados fueron maravillosos, las células se reproducían a velocidades increíbles. Una tarde, tomé a una de las criaturas que habían nacido en cautiverio y le realicé una transfusión, retirándole del cuerpo gran cantidad de sangre y supliéndola por el suero. Estos seres comenzaron a crecer a pasos agigantados, llegando a medir hasta un metro de alto; cuando se paraban en dos patas (porque algunas comenzaron, de a poco, a intentar caminar en dos patas), llegaban hasta el metro ochenta, en algunos casos dos metros. Destinamos parte del laboratorio y de la habitación de Gastaldi como establo, para alojar a las bestias. “No creo que esté bien esto que estamos haciendo, Brigadier”, me decía Correa; pero le gustaba cuidar a los animales. Un día que estaba perdido por ahí, agarré un cuaderno que tenía, en donde lo vi, en más de una oportunidad, registrar algunas anotaciones. El cretino había hecho un catálogo de las especies que habían aparecido en la Sojisticus, las describía de acuerdo a sus características y les había puesto un nombre. A las más grandes, con pintitas amarillas y rayas rojas en el lomo, las llamaba “Pikachú”; a las que eran verdes, más pequeñas y parecidas a un simio, “Simiesku”; las últimas del catálogo, verdes también, pero más rechonchas, eran “Aberdeenanhulk”…

—Por favor, Brigadier, cuide sus juicios de valor para con el Teniente Correa. Mida sus palabras —le solicitó el Presidente—, este tribunal no permitirá que se insulte a ninguna persona. 

—…Lo más extraño era un apartado especial que había escrito para su nuevo amigo, y decía algo así: “Crisóstomo, ser de luz: No es como las otras criaturas que aparecieron, como cosa de mandinga, en la nave. Él es inteligente… no es como la otra chusma que apareció en la nave. ¿De dónde viene? Él no es un animal, es otra cosa. Se enoja cuando le digo que es un hombre occidental. Lo bauticé y dije el Sermón pentecostés de San Crisóstomo, porque es el único salmo que me sé. El pecado es una herida purulenta; el castigo es el bisturí del cirujano. No, no es como las otras”. Elocuente, ¿no? Un día encontré al Teniente hablando solo; entonces me acerqué cuidadosamente y me sumé a la conversación. “¿Dónde está tu tierra?”, le pregunté al amigo de Correa; imagino que habrá mirado el cielo, moviendo las manitas…

“¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó…?”, tenía un zumbido en la oreja izquierda que me martillaba la cabeza. “¡Miente! ¿Qué…?

 —… señalando el cielo, rezando a su manera. Porque todas las criaturas pertenecen a Dios, hasta las imaginarias, porque Dios todo lo ve, todo lo sabe; y ese gran ojo que es Dios sabe, porque lo vio, que yo no maté al Dr. Gastaldi y que Correa me miró confundido, no le gustó que viera, y además le hablara, a su amigo Crisóstomo. Si iba a sacar a Correa de su perdición espacial, reclamaba su lealtad y no sus conspiraciones rebeldes, yo sabía que algo tramaba, que en su cabecita alocada y confundida se tramaban cosas. Descarto rotundamente la hipótesis de que aquellas criaturas hayan surgido de las semillas y embriones que transportábamos a Marte. Créanme, estos seres no eran, ni pueden ser, terrestres. Pero yo sé que Dios velaba y sigue velando por ellos, esos seres también tienen vida, una distinta a la nuestra, pero la tienen. Con la fórmula se hicieron más inteligentes y se comenzaron a organizar mejor…

“¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi?”, tenía un zumbido en la oreja derecha que me martillaba la cabeza. “¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó…?”.

—… Las veía en los corrales tramando intrigas, conspirando contra mi autoridad. Yo las miraba como un padre protector y Correa era de gran ayuda, un buen gaucho, sabía cómo hacerlas obedecer. Dijo haber aprendido a domar, enlazar y arrear ganado en su pueblo, creo que es Santa Margarita, o algo por el estilo. ¡No sé ni dónde queda! —dijo, sarcásticamente, el Brigadier. 

“¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi? ¡Miente! ¿Qué pasó…?”, todavía tenía un zumbido, por momentos en la oreja izquierda, por momentos en la oreja derecha, que me martillaba la cabeza sin parar.

—¡Santa Rita! —gritó, desde el fondo, la voz del padre de Correa—. Santa Rita se llama nuestro pueblo. Santa Rita, como la patrona de las heridas, el abuso, las madres; junto con San Judas Tadeo, también de las causas imposibles, perdidas. —Todos los parientes de Correa se pararon a ovacionar al padre, por reivindicar su tierra y sus creencias.
         
El eco de la voz de la mujer gorda había desaparecido; finalmente había logrado salir por los conductos de respiración hacia el cielo. Las chimeneas del edificio amplificaron por un instante efímero la voz, que luego se perdió en la inmensidad del espacio, entre las espesas nubes. Ahora sólo se escuchaban las voces y los aplausos de los parientes y paisanos de Correa, retumbando afiebrados en toda la sala: ¡el Teniente tenía su hinchada!

La sesión pasaba a un cuarto intermedio. El Presidente del Tribunal la suspendió inmediatamente; porque cuando los guardias intentaron sujetar al padre de Correa para sacarlo de la sala —estaba realmente fuera de sí y parecía, como el Catoblepas, querer matar a alguien con la mirada; les gritaba toda clase de vituperios, especialmente, al Brigadier Gómez Herrera y a las autoridades del Comité—, toda la parentela se les fue al humo y hubo algunos incidentes violentos, con un saldo de dos guardias con heridas leves y tres familiares internados: el hermano menor, un tío y un primo segundo del Teniente Feliciano Correa. 

lunes, 25 de abril de 2016

Feliciano Correa II

—Siento sus miradas inquisidoras sobre mí —así comenzó Correa la segunda sesión de su indagatoria. La audiencia esperaba más moderación y realismo, pero eso no sucedió, Correa continuó con la historia que había comenzado a contarnos la sesión anterior—. Créanme, es difícil hablar del espacio. Sé que no habrá ni una sola mañana, hasta el día de mi muerte, en que no despierte exaltado, con un temor desolador, un desierto que me hiela la sangre todas las madrugadas, tal vez deba hablarles de la soledad, ¿cuánto la han experimentado ustedes? Estuve afuera con Crisóstomo todo un día. Le pregunté dónde estábamos y él respondió, luego de un rato, “En un Sueño, estamos en un Sueño. En el espacio se les dice Sueños a pequeños exoplanetas…”. Entonces, entendí rápidamente que estábamos muy lejos de casa. No sé cómo, pero habíamos salido del sistema solar. “¿El Brigadier lo sabe?”, le pregunté a  Crisóstomo. “No lo sé, creo que no”, me respondió. Yo lo miré y empecé a reír a carcajadas, no podía detenerme. “¿De qué te reís, boludo?”. Me dijo Crisóstomo, y luego comenzó a reírse él también. Después se detuvo bruscamente y volvió a ponerse serio. Recuerdo. Recuerdo muy bien que le pregunté cómo podía haber pasado, si las naves humanas, a gatas, llegan hasta Marte. Y él dijo que habíamos entrado en un agujero negro y que esa era la única forma que tenían las naves humanas para alcanzar la velocidad de la luz. El cielo era hermoso, limpio y claro. Me detuve unos instantes en el paisaje y me olvidé de Crisóstomo y su clase de astronomía…

—¡Otra que Carl Sagan! —gritó un hombre que se acercó al estrado, corriendo desde el fondo de la sala, y le arrojó un tomate maduro a Correa en la cara. Tenía una remera blanca con un estampado laser que decía: “¿Dónde está Carlos Gastaldi?”—. Decí la verdad, hijo de puta —le gritó, por último, mientras la policía lo arrastraba a la fuerza por la sala.
          
Correa sacó el mismo pañuelo que la vez anterior, pero ahora estaba limpio, aunque no era exactamente blanco, había quedado manchado de grises, como veteado. Se limpió la cara para sacarse, con paciencia, el tomate que le chorreaba. Luego miró al público y se quebró.

—… Digo la verdad, es la pura verdad. Por eso les pedí que me creyeran, porque es difícil hablar del espacio —ahora lloraba, ya se había despejado el rostro, aunque algunos restos de tomate todavía le colgaban adheridos a sus cabellos. Se pudo ver en las pantallas de todos los medios nacionales el primer plano de Correa, llorando desconsolado. Agobiado por la situación—. Como les decía —dijo luego con la voz en llanto y las lágrimas corriéndole por las mejillas—, durante un minuto me perdí en mí mismo y reflexioné profundamente, como nunca antes lo había hecho. Era increíble el cielo. Claro y limpio. El planeta era grande, el horizonte se veía extenso y al igual que en la tierra, se formaban espejismos de agua a lo lejos; según Crisóstomo, el exoplaneta tenía grandes selvas y bosques del lado occidental (con extensiones diez veces más grandes que el Amazonas hace ciento cincuenta años). Pero nosotros habíamos aterrizado en el lejano oriente, en una zona semiárida, con escasa vegetación y agua, aunque esa noche llovió. Anocheció casi sin darnos cuenta. La lluvia era buena, el agua estaba deliciosa, fresca; abrí grande la boca y tragué grandes cantidades. Crisóstomo había llevado dos bidones, de cinco litros cada uno, para cargar agua. Claro y limpio. El agua era cristalina y descendía fresca por mi garganta seca, y lubricaba mi interior, una purificación que hacía rato exigía mi cuerpo y… mi alma.

—¿Usted quiere que creamos estas patrañas? ¿Por quiénes nos ha tomado, Teniente?               —interrumpió ofuscado, al igual que en la sesión anterior, el General Ternieri.

—General Ternieri, ¿no tiene otras palabras para decirme? —le respondió Correa, harto ya de la incesante repetición de la pregunta de Ternieri—. Créame, le digo la verdad, la pura verdad. Es difícil hablar del espacio. Crisóstomo me preguntó: “Teniente, ¿en qué consistía la misión?”. Gastaldi cuando era muy joven había participado activamente, desde sus comienzos en el año 2002, en el proyecto Supersopa que se desarrollaba en la Universidad Nacional de Quilmes. Actualmente, era un experto en manipulación genética de alimentos, desarrollaba, como director general, una investigación en el INTA sobre...

Los miembros del tribunal se miraron con mala cara. Esta vez el Presidente intentó interrumpir a Correa, pero el Teniente miró hacia su costado izquierdo buscando aprobación —a esta altura, supongo de Crisóstomo—, elevó la voz y se impuso. Los miembros del Comité esperaron que Correa dejara de hablar, pero, mientras, intercambiaron unas palabras en voz baja.

  —… Llevamos en la Sojisticus quince millones de semillas manipuladas y sintéticas, de frutas y cereales y de soja; además de algunos cigotos y embriones animales: pollos, cerdos, vacas y ovejas, también manipulados genéticamente, para que pudieran soportar los climas marcianos. El fin de la misión era que los primeros colonos pudieran autoabastecerse, durante largos períodos de tiempo, de alimentos, oxígeno y recursos energéticos. Eso le respondí; que éramos un granero biotecnológico concentrado, sintético. Él asintió con la cabeza, “Eso es lo que sospechaba” me dijo y yo, ingenuamente le pregunté si creía que las criaturas que vio el Brigadier estaban relacionadas con las semillas. Crisóstomo se echó a reír a carcajadas, hasta llorar de la risa. Me incomodó un poco, por un momento temí cosas horribles, había algo en sus ojos sin iris, en las pequeñas pupilas, en sus gigantescos globos oculares; también en su postura, no sé, esa extraña forma que tiene de mover los brazos. “Los animales en este planeta habitan la región interior central, donde el clima es apto para subsistir, kilómetros y kilómetros de selvas con profunda vegetación y océanos de agua dulce y salada; y uno de los mejores oxígenos de toda esta galaxia. Hay especies animales, vegetales y minerales de las más variadas”; me dijo por fin. Entonces fue la hora de volver a la nave. Esta vez no nos teletransportamos, como las anteriores. Caminamos hasta llegar a la nave y cuando Crisóstomo abrió la escotilla, una de las criaturas quiso escapar hacia el exterior; pero él la detuvo, lanzándole un rayo amarillo de sus ojos, la pobrecita se desintegró en el acto y Crisóstomo dijo que lo había hecho porque debía proteger el equilibrio ecológico del exoplaneta. Entramos a la Sojisticus y buscamos al Brigadier, finalmente, lo vimos preparar una parrillada. Había levantado parte del revestimiento del suelo del laboratorio para hacer el fuego. Nos esperaba para brindar con una de las mejores cosechas del licor de Crisóstomo. “Los esperaba para brindar”, nos dijo. Luego nos contó que había estado trabajando en la fórmula de un combustible orgánico y que había obtenido, en pocos días, grandes resultados…  

Nadie podía creer lo que escuchábamos. Los periodistas comenzaron a googlear Supersopa. Algunos, los más experimentados, recordaban algo vagamente.                              

  —… y que por eso estaba preparando la comilona. El plato principal era lo último que quedaba del Dr. Carlos Gastaldi…

La esposa de Gastaldi se desmayó y tuvieron que entrar unos paramédicos a intentar reanimarla, por suerte, le inyectaron un sedante leve y logró reponerse, aunque no paró de llorar durante todo el tiempo que duró la sesión. Al rato, un ordenanza del Tribunal le acercó un vaso de agua y un paquetito de pañuelos descartables. 

—… Sirvió las copas y brindamos, “Chinchín” dijo el Brigadier, con la copa en alto. Luego nos mostró una botella con un líquido oscuro. Se rió y nos dijo: “Caballeros, he aquí, con ustedes…, el futuro”; y arrojó unas gotas sobre las maderas que había apilado para encender el fuego, en el centro había dispuesto restos de algas en su estado carbónico. El fuego se inició, tan sólo con el roce de las gotas, sobre la superficie de las maderas y de los carbones de algas. Arriba de la mesa del laboratorio estaban dispuestas las carnes y algunas algas frescas. Yo me puse, al instante, a preparar una vinagreta para la ensalada y un chimichurri para aderezar la carne. Crisóstomo ponía la mesa. Cruzamos algunas miradas pero no nos dijimos nada…
           
—Teniente Correa, este tribunal sostiene que su testimonio carece de relación con la realidad, pero también dudamos y no podemos decir, a ciencia cierta, qué tipo de realidad es la que usted está describiéndonos. Por lo expuesto anteriormente, hemos resuelto hacer un cuarto intermedio hasta el lunes a las 8:00 horas de la mañana, para continuar con este testimonio. El Tribunal informa, también, que al interrogado se le harán, en los próximos días, unas pericias psicológicas para establecer su estabilidad emocional. Un equipo de peritos local junto a uno de la INCOC (ex NASA, ex ONU y, me animó a decir, también ex EE.UU), especializado en la atención de los astronautas norteamericanos que realizan viajes espaciales con cierta frecuencia, le harán una serie de pruebas —algunos presentes cruzamos varias miradas porque nos pareció excesiva la explicación que hizo de la INCOC, ya que todos sabíamos con exactitud de quiénes se trataba—. Después del informe de los peritos, deliberaremos si este interrogatorio continuará desarrollándose de esta manera. Se cierra la sesión —dijo el Presidente y, como en las películas, golpeó su escritorio con un martillito.         



martes, 19 de abril de 2016

Álvaro Gómez Herrera I

El interrogatorio de Correa se extendió más de lo estipulado, en total fueron tres jornadas completas. Luego fue el turno del Brigadier Álvaro Gómez Herrera. Llegó al recinto a las 8:45, para comenzar su interrogatorio a las 9:00. El Brigadier vestía su mejor uniforme, tenía unas alas en las solapas, además de muchas estrellas y medallas. Se acercó ceremonioso al estrado y extendió su mano. El Secretario del Comité le acercó la Constitución Nacional para que jurara decir la verdad.

—¿No me ofrecerán, también, como a todo buen cristiano, la Santa Biblia para jurar? —Herrera se dirigió desafiante al Presidente—. Sepan que, en última instancia, sólo el Señor juzgará mis actos.

—Brigadier, haga el favor de permanecer en silencio, hasta que este Tribunal le indique lo contrario —le contestó rápidamente el Presidente—. Esto no se trata de una cuestión de fe, este tribunal pertenece al Estado Nacional Argentino que, desde sus inicios, es laico. Brigadier, esto se trata de la Verdad. Es su compromiso responder con ella, ya sea desde su fe, desde su deber como militar o ciudadano, o desde la perspectiva que su espíritu le dicte. A partir de ahora está, usted, bajo juramento.

     Estaba claro que el comité había aprendido de la experiencia con Correa, y está vez tomaría la iniciativa, aunque, también, todos sabían que Herrera no hablaría tanto y que la presencia de la familia de Gastaldi con sus abogados —después del primer testimonio— complicaba aún más las cosas.
     Finalmente, Herrera comprendió, hizo silenció y se sentó en la butaca que le estaba destinada.

—Brigadier, las pruebas de cómo se originó el conflicto fueron chequeadas. Contrastamos el registro de las cámaras de seguridad con el testimonio del Teniente Feliciano Correa y son coherentes; si usted tiene algo más para agregar al respecto, lo invitamos a que lo haga; si no, le pedimos que comience su relato a partir de que la nave comenzó a fallar —sostuvo por primera vez el Vicepresidente del Comité.

—Parece ser lo único coherente en el testimonio del Teniente —dijo sonriente el Brigadier Herrera—. Quiero que se deje constancias en las actas de este honorable Tribunal que las Fuerzas Armadas advirtieron, en su momento, el riesgo de llevar personal civil en una misión de esta envergadura. Todos sabían que Gastaldi era un inepto… —los gritos se apoderaron de la sala. El Presidente se tuvo que parar para pedir silencio a los gritos—. Está bien —agregó, finalmente, Herrera—. Daré mi testimonio, pero, al igual que mi subalterno, pediré por parte de este Excelentísimo Tribunal, el permiso para no ser interrumpido. Señores, al final contestaré todas sus preguntas y las de todos aquellos argentinos que quieran preguntarle a este patriota acerca de sus acciones en cumplimiento del deber.

     Un léxico añejo componía sus palabras. Todos lo observábamos atónitos, era capaz de decir cualquier cosa, cualquier barbaridad con total impunidad. Lo de Correa había sido confuso, pero lo de Herrera era completamente inverosímil, por lo anacrónico de su discurso.

—Gastaldi no se murió… desapareció…

—Brigadier, recuerde que está bajo juramento, tenga cuidado con lo que va a decirnos…

—… Señor Presidente, creo estar utilizando un registro correcto, acorde con este Tribunal. Sí, ha escuchado bien: “desapareció”.

—Tiene razón, nadie le señalará la forma en que debe usted hablar, pero no hace falta que engorde su retórica con ironías y sarcasmos. Le solicitamos que cuente lo que vio y que mida el léxico sensible que está utilizando.

     El recinto se convirtió en una clase de lingüística, donde el bien decir y los buenos modales para hacerlo comenzaron a incomodar a muchos de los presentes. La esposa de Gastaldi se desmayó y tuvieron que entrar unos paramédicos a intentar reanimarla, tenían un resucitador con un pequeño equipo electrógeno. Recuerdo que le dije a un colega que estaba a mi lado, “Espero que no tengan que utilizarlo”. Finalmente, no fue necesario, le aplicaron una inyección y se la llevaron en una camilla; “necesita descansar”, dijo, a los pocos minutos, el vocero presidencial a los periodistas que cubrían el área externa del recinto, y el Presidente del Tribunal, nos leyó un parte médico antes de retomar la declaración de Gómez Herrera.

—Correa ya dijo, con su rústica lengua, lo que sucedió, instantáneamente, después del desperfecto técnico. Entramos en una dimensión paralela, un no lugar, un no tiempo, un Aleph como el que describió el poeta nacional: “…el lugar donde están todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos…”, en este caso, en lugar de orbe, yo diría universo, o cosmos o, más precisamente, infinito. Porque, lo juro por Dios y por la Patria, lo que nos sucedió allá arriba fue exactamente eso, un agujero donde todos los mundos posibles e imposibles se reúnen en uno solo. Por un momento permanecimos callados, todos. Se nos heló la sangre, la temperatura había descendido aceleradamente. De pronto, me encontré solo. Grité una y otra vez los nombres de mi tripulación, pero nadie me respondió. La oscuridad era casi total, no se veía a un metro de donde me encontraba. Fui tanteando la pared lateral hasta la cabina central, intenté reanudar la comunicación con ustedes pero era en vano, no funcionaba ningún equipo, todos se habían detenido. No había energía en la nave. Estaba tan consternado que me persigné y recé un Padre Nuestro de rodillas frente al panel central, como si se tratara de un altar sagrado. Afuera estaba el espectáculo más maravilloso que vieron mis ojos. El Universo todo, en una pantalla rectangular de dos metros de largo. Lo demás es casi imposible de contar, salvo que siga el ejemplo de mi subalterno Correa, e intente, frente a todos ustedes, narrar una obra dramática, pero las letras no son mi fuerte y tampoco el de Correa, porque nosotros somos militares y los militares son hombres de acción. Esa, aunque ustedes no lo crean, fue la última vez que vi a Gastaldi.  
    
     Nos habíamos equivocado todos, Herrera también tenía ganas de hablar. Con estos dos testimonios, el de Correa primero y el de Herrera después, peligraban todas las negociaciones diplomáticas y económicas de la Argentina con la Intergalactic Confederation of Countries (INCOC). Ninguno de sus integrantes creería estas historias.                                                                  

—A Correa lo volví a ver después de cinco meses o más. Hasta mi reloj pulsera se había detenido. No había forma de medir el tiempo. Como les adelanté, armé un altar en el parabrisas de la nave, o panel central. El alimento comenzaba a escasear, me encontraba solo y esperaba. El cielo es eterno. Creí. Creí que Él vendría hasta mí, entonces yo me arrodillaría ante su magnitud y le besaría sus pies gigantes como los de una estatua colosal, el David, por ejemplo. ¿Saben lo que se siente? Estaba solo frente a la Creación constante que es el Universo. Eso es algo que pocos han visto. Experimenté algo similar la primera vez que maté a alguien. Entonces aparecieron. Al principio pensé que eran ángeles o almas buenas que me enviaba Él para probarme. Pero no, rápidamente me di cuenta de que eran criaturas materiales, concretas, cuando una quiso morderme el pie izquierdo. Al verlas me arrodillé y clamé al Todopoderoso en señal de bienvenida, estando mis piernas sin posibilidad de defensa, dada mi posición de rezo, una de ellas, la más grande, se lanzó como una rata a su presa. Un día escuché ruidos en los camarotes de la tripulación y con mucha precaución caminé hasta acercarme a la escotilla de entrada. Observé, cuidadosamente, esperando encontrarme con una de esas criaturas que se habían convertido en mis enemigos y en mi fuente de alimento, pero no, lo vi a Correa; se estaba masturbando frente al espejo. Ustedes no se habrán creído la historia de la mantis. Correa se masturbaba como un gran gorila, la barba y sus cabellos negros y duros le habían crecido considerablemente. La mantis era él, en una versión más primitiva, se veía como sus antepasados más cercanos, un escenario no muy distinto al que habrán encontrado los conquistadores europeos al llegar a estas tierras salvajes. La mantis religiosa es un lindo bichito, la gente rústica, que trabaja en los campos de mi familia, las llama tatadiós y las utilizan para sacarse los piojos y las pulgas, se ponen el tatadiós en la cabeza y el bichito les va comiendo todos los parásitos. Recuerdo que en algunos lugares los largaban, en gran número, en los galpones donde almacenaban los cereales, lo hacían para que se comieran los gorgojos y otras plagas. ¿Saben lo que se siente? —preguntó después y se quedó mirando la nada, como ido.  

—Brigadier, Brigadier, ¿se encuentra bien? —le gritaba el Presidente, pero Herrera no volvía. Seguía con la mirada perdida. Cuando los miembros del Comité ya debatían si suspender la sesión, Gómez Herrera agregó:

—Hace mucho tuve en mi batallón un conscripto correntino… Toribio Ibaur, un buen soldado, ¡patriota como pocos! El correntino los llamaba mamboretá. Porque, según él, en guaraní significa: ¿Dónde está tu tierra?... “¿Dónde está mi tierra?”, recuerdo que me preguntó el Teniente Correa y yo lo miré como sólo pueden ver los virtuosos de espíritu y me arrodillé frente a él y le abracé las piernas. Dios había querido que nos volviéramos a reunir. Correa era más hábil que yo para atrapar a esas alimañas que eran toda nuestra fuente de alimento. Teníamos buenas charlas los dos, mientras nos comíamos a esas cosas horrendas, aunque, debo reconocer, que eran bastante sabrosas: las fuimos preparando de varias formas, pero la mejor era asadas y, también tomábamos un licor que preparaba Correa, haciendo fermentar un líquido verde que les exprimía. Una mañana, es decir, cuando nos despertábamos de un sueño, notamos que un moho extrañamente verde había comenzado a formarse en las escotillas principales, era como una especie de alga que flotaba en el aire. A partir de allí comprobamos dos cosas: una) que con un poco de oxígeno, aunque sea en una nave perdida en el espacio, la vida da sus frutos, todos los organismos buscan su subsistencia; dos) que teníamos un vegetal extraterrestre para acompañar la carne de los extraterrestres. Toribio era rubio como Febo, los otros soldados lo cargaban, cuando se acercaba le cantaban “¡Febo asoma…!” y reían a carcajadas. El correntino también tocaba el acordeón y entonaba unos chamamés a puro sapukái…

Al igual que con Correa, la audiencia estaba empezando a fastidiarse de las incoherencias que refería Herrera. Lo peor de todo era que, al igual que Correa, parecía convencido de lo que decía. El que se irritó primero fue el Vicepresidente. Era la parte de las autoridades máximas del Comité que representaba al Ejecutivo Nacional, se trataba del Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, los otros integrantes eran el Presidente de la Corte Suprema de Justicia y El Jefe del Estado Mayor General de la Fuerza Aérea.
—Brigadier, por favor, intente ajustar su relato a lo que sucedió allá arriba, a ninguno de los presentes nos interesa la historia de su soldado preferido. Por favor, sin detalles externos, no quiero volver a interrumpir su discurso. Gracias.

—…“¡Febo asoma…!”, le cantaban y se reían a coro —continuó diciendo Herrera, como si no hubiera escuchado las palabras del Canciller—. Pronto nos dimos cuenta de que estábamos en guerra contra organismos extraterrestres. Por un lado nos servían de alimento, pero por otro se iban apoderando rápidamente de la nave. Por suerte tenía ahora al Teniente Correa, sin subalternos no hay guerra. Hacíamos guardia para dormir, porque no sabíamos si esas criaturas nos devorarían por la noche; a las primeras, verdes y lampiñas, se les habían sumado luego unas rojas y peludas, un poco más grandes que las anteriores, y otras más pequeñas, similares a insectos que, por suerte, sólo comían el moho extrañamente verde que había comenzado a formarse en las escotillas principales. Era como una especie de alga que flotaba en el aire y se adhería con facilidad al óxido que se formaba gradualmente en las escotillas principales de la Sojisticus AR-1. Desde la experiencia con el biocombustible, que se le ocurrió a unos sabios después de haber visto, varias veces, la película Volver al futuro, sabemos que con desechos orgánicos podemos crear energía. Comenzamos a tener desechos. Un día me desperté exaltado y corrí hasta el generador central. Las reservas eran mínimas. En unos pocos días nos quedaríamos sin energía. Retrocedí unos pasos alarmado y luego me di vuelta y corrí con todas mis fuerzas desde el lugar donde me encontraba hasta el laboratorio. Inspeccioné las instalaciones y llamé a los gritos a Correa, pero, como la mayor parte del tiempo, estaba por ahí hablando con su amigo invisible, así que desistí de su ayuda y me puse a trabajar solo. Primero trasladé los desechos orgánicos hasta el laboratorio y algunas criaturas que Correa había cazado y mantenía vivas en unas jaulas-trampas que había fabricado con las algas. Él y su amigo se dieron cuenta de que esos vegetales pasaban, progresivamente, por tres estados cuando se estaban secando: uno) el estado que conocemos de cualquier otro vegetal, perdida de coloración, fragilidad; dos) en unos días, pasaba a tener una consistencia similar a la del carbón; tres) finalmente, se solidificaba aún más, hasta convertirse en una especie de metal muy resistente… —dijo y se detuvo exhausto. No se había detenido ni un solo segundo, ni siquiera para beber un trago de agua. Entonces se paró, enérgico, de la silla y, una vez de pie, continuó su discurso—. Se trataba de una cuestión de primera necesidad, sin energía no sé qué hubiera sido de nosotros; las temperaturas en el espacio son extremas, recuerdo que pensé, con cierta tristeza: “El Doctor Gastaldi me hubiera servido en un momento así”.
 
Cayó sentado en la silla y luego rodó por el suelo. Toda la audiencia quedó pasmada, nadie podía creer lo que estaban viendo. Herrera se desmayó en medio de la sala y una vez en el suelo, su cara adoptó la expresión de una persona atormentada y con su cuerpo en posición fetal, abrazó sus piernas y se quedó allí, solo. De nuevo aparecieron los paramédicos con sus valijitas resucitadoras. Entraron corriendo y a los gritos empujaron a los periodistas y curiosos que se habían levantado de sus butacas para poder ver mejor y se agolpaban en el pasillo, impidiéndoles el paso. La esposa de Herrera, católica fiel, rezaba un rosario llorando; su abogado se acercó hasta él, se agachó para chequear si respiraba. El Presidente del Comité declaró, casi automáticamente, mientras los médicos atendían a Herrera, un receso de la sesión hasta el día siguiente, pero aclaró que sólo sería posible “si la salud del Brigadier le permite seguir compareciendo ante este Tribunal”.

Los periodistas tardamos en irnos del lugar, la mayoría nos quedamos tomando merca y cerveza en un bar cercano. No nos queríamos (o no nos podíamos) perder las primicias. Las apuestas fueron variadas, pero la mayoría apostamos a que Herrera no podría continuar su declaración al día siguiente. Y así sucedió.

martes, 12 de abril de 2016

Testimonios

Feliciano Correa I


—Teniente, ¿puede decirnos, con la mayor precisión posible, qué fue lo que pasó allá arriba? —dijo el Presidente del Comité, en medio de un silencio total.

—Creo que sí; pero por favor, señor Presidente y miembros del Comité, me gustaría que me dejaran contar mi historia sin interrupciones; al final contestaré todas las preguntas  —dijo Correa, luego suspiró y  comenzó su testimonio—: Habíamos despegado con normalidad. Como todos ustedes saben, tardaríamos unas catorce horas en arribar a la estación marciana. Una vez que salimos de la atmosfera y la nave se estabilizó, Gastaldi preparó unos mates, esto debe estar registrado por las cámaras, porque todavía teníamos transmisión con la base. Cuando estábamos cerca de la órbita, un movimiento brusco de la nave hizo que el agua del termo cayera sobre los comandos… a partir de allí todo se volvió confuso, perdimos comunicación con ustedes, los aparatos quedaron obsoletos. Repentinamente, nos encontramos navegando con rumbo incierto. De pronto, no había nada: vacío… miraba eso,  no sé si se le puede llamar horizonte, era un espacio viscoso que se expandía más allá: Eternidad, pensé por una milésima de segundo. Aunque tampoco sé que es la… En un determinado momento, me encontré solo y lo sentí en lo más profundo de mi ser, ya no estaban mis compañeros. No había nada, nada. ¿Pueden imaginar lo que vi? Creo que no. Miré una vez más por la escotilla: una ráfaga de fuego cruzaba un campo de lucecitas titilantes, supuse que serían las estrellas o quizás algún cometa. Después, como arte de magia o de la palabra, estaba en tierra, pisaba el suelo, era duro y fértil. En esa lo veo por primera vez a Crisóstomo (todavía lo llamo así). Tenía el mismo aspecto que tiene ahora: encorvado, barbudo, pensante. Él no reparó en mí, buscaba algo en la tierra dura y fértil. Intenté no asustarlo, recién ahí me percaté que el cielo estaba verdoso: era de un verde limo, horrible légamo pastoso, como el que se forma en algunas acequias de agua estancada. Lo extraño fue que todo esto me sucedió sin salir de la cápsula, nunca hicimos contacto con otro planeta, satélite o astro, nunca. La nave quedó boyando en el espacio a unos tres mil millones de años luz de la Tierra, al menos eso era lo que calculaban los aparatos manuales de medición.  Al principio creí que estaba loco, me miré varias veces en el espejo, pero el espejo ya no estaba más, en su lugar había nada, nadaaaaa. Crisóstomo seguía mirando el suelo, pateaba el polvo seco y levantaba polvareda, formando un velo terroso a su alrededor. Desde el lugar en el que me encontraba parecía un ser humano: era alto y delgado, muy delgado. Intenté hacer contacto, debo confesarlo, me sentí un poco estúpido intentando hablar con alguien que…

—¿Usted quiere que creamos estas patrañas? ¿Por quiénes nos ha tomado, Teniente? —interrumpió ofuscado el General Ternieri, uno de los miembros del Comité.

 —…estaba ahí, pero parecía no estarlo. Era alto y delgado. Bah, todavía lo es, porque no me ha dejado de seguir todavía. Estaba allí zapateando —creo que tenía un poncho rojo— y levantaba polvareda.

     Correa siguió hablando un buen rato, sin interrupciones. Transpiraba y tenía los ojos inyectados en sangre, parecía no sentirse muy bien: tomaba agua y se secaba la cara con un pañuelo blanco que se iba poniendo negro por el sudor. Correa insistía en secárselo todo el tiempo. Los integrantes del Comité miraban y escuchaban atónitos el relato del Teniente Correa. Aún no lograban entender bien qué era lo que había sucedido; en realidad, todavía nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó.
     Por ratos, Correa miraba a su diestra, como esperando la aprobación de alguien. Medía sus palabras. Era cauto. En ocasiones dudaba en decir algo, pero luego, cuando obtenía la aprobación del espacio en blanco que había a su derecha, tartamudeaba un poco y continuaba su relato. Era el relato de alguien desesperado.                   

—Creo, creo que ustedes no comprenden. Lo que vivimos allá arriba —dijo señalando el cielo con el dedo índice— creo que ustedes no lo comprenden. Es difícil de explicar con la pobreza de las palabras. Hay cosas que no recuerdo, o recuerdo muy mal —se secaba la transpiración y tomaba un sorbo de agua—. Creo, creo que ustedes no comprenden, ni van a comprender nunca.  
       
—Teniente, usted no es nadie para juzgar lo que vamos a comprender y lo que no     —lo interrumpió el Presidente del Comité—. Ahora, por favor, continúe su relato sin juicios de valor sobre este tribunal. Intente ir al grano, sin interrupciones, como usted lo solicitó al comienzo de la sesión. Díganos, este ser que dice que lo persigue, ¿es real? ¿Se encuentra en esta sala?

—Son preguntas que me niego a contestar. Pero continuaré mi relato, como me lo solicita —dijo, Correa, un poco más tranquilo—. El lugar era pequeño; de todas formas, caminé un largo trecho sin llegar a tocar ninguna de las paredes de la nave, ya creo haber dicho que no me encontraba en la Sojisticus AR-1, ni junto a su tripulación. Tampoco se veía dónde terminaba el horizonte, el cielo seguía verde, pero con vetas azules y amarillas. Entonces, me volví a cruzar con Crisóstomo. Estaba masticando un pedazo de carne roja y me ofrecía un poco. Yo negaba con la cabeza, pero él insistía, se tornaba un poco fastidioso. Me miraba fijo y me ofrecía un trozo de carne cruda y roja. Pobre, estaba todo manchado de sangre, la sangre le chorreaba por la barba, como si se tratara de un hombre de las cavernas, así era su aspecto. Tenía ganas de saciar instintos, deseos primales. Él no era un animal, era otra cosa. Pero, en cambio ahora, se parece más a un hombre civilizado. Se enoja cuando le digo que es un hombre occidental, un cosmopolita. En ese momento, lo bauticé y dije el Sermón pentecostés de San Crisóstomo, porque era el único salmo que me sabía; entonces, llegué a la parte donde se mencionan las costumbres de los escotos; y en ese momento, él preguntó (como pudo) qué eran las mujeres. Yo intenté explicarle y él me escuchó atento. De a poco desistió, y dejó de insistir con la carne, ya no me la ofrecía; la había dejado en el suelo, y la tierra, dura y fértil, se la tragó y cambió de color y de textura: era más suave y blanca; blanca como nieve, como la nieve que cubre el suelo en invierno y tapa todas las acequias de las calles. Recuerdo haber caminado mucho por ese desierto blanco, sólo Crisóstomo me seguía. Ahora podía hablar, decía palabras sueltas, inconexas. Pero aprendía rápido. La tierra era más suave y blanca como la nieve que cubre el suelo en invierno…                         

—¿Usted quiere que creamos estas patrañas? ¿Por quiénes nos ha tomado, Teniente?              —interrumpió nuevamente ofuscado el General Ternieri.

—…tapa todas las acequias de las calles. Recuerdo haber caminado durante mucho tiempo por ese desierto blanco. Cruzamos una especie de valle. Unos montículos de tierra verde se elevaban a una altura de tres o cuatro metros. Al llegar a una quebrada donde terminaba el valle, apareció una luna enorme en el cielo. Nunca había visto algo parecido, todo era distinto a lo que jamás había siquiera imaginado. De pronto escuché un grito; me di vuelta, estaba, no sé cómo, de nuevo en la nave. Era el Brigadier Gómez Herrera; lo vi chapoteando en la sangre que expulsaba el cuerpo ya sin vida de Gastaldi. Creo que habían pasado poco más de tres meses desde el despegue. El Brigadier masticaba un pedazo de carne roja y, cada tanto, me ofrecía un trozo. Yo negaba con la cabeza, pero él insistía. Me miraba fijo y me ofrecía un trozo de carne cruda y roja. Tenía todo el cuerpo manchado de sangre, la sangre le chorreaba por las mejillas. Me dio miedo y retrocedí unos pasos, buscando la compañía de Crisóstomo, pero ya no se encontraba a mi lado. El Brigadier se acercó y pude ver sus lágrimas. Lloraba como un niño y decía “No fue mi intención. Sólo Quería matar a esas criaturas que están por todos lados”. Yo no había visto nada más que a Crisóstomo, no sabía de qué criaturas hablaba, hasta que vi a una agazapada junto al cadáver, royéndole el cráneo. Era un espectáculo lamentable. El Brigadier me explicó que intentaba atrapar a una para comérsela, pero que de pronto se encontró comiéndose a Gastaldi. “Es decir, —dijo luego— ya estaba muerto, lo golpeé con un extintor del cuarto de máquinas, pensando que golpeaba a uno de esos seres. Pero luego me percaté de que se trataba de Gastaldi; y como ya estaba muerto y yo no aguantaba más el hambre, decidí comerlo”. Lloraba y gritaba enloquecido, parecía no perdonarse lo que había hecho. Luego de un buen rato, logré tranquilizarlo. Dejó el trozo de Gastaldi en el suelo y se acuclilló con la cara entre las rodillas. Después de charlar y serenarnos, decidimos carnear a Gastaldi, guardamos parte en el freezer y separamos algunos cortes para preparar un asado. También juntamos la sangre en un balde, recuerdo que al día siguiente preparamos unos embutidos. En la cena reapareció Crisóstomo —Correa tomó un trago largo de agua, de tanto hablar se le había formado una espuma blanca en las comisuras de la boca— y se lo presenté al Brigadier, primero lo miró con desconfianza e hizo un gesto de desprecio con la cabeza. Pero luego siguió comiendo. Invité a Crisóstomo a que tomara asiento y cenara con nosotros, sé que al Brigadier no le gustó la idea, pero continuó comiendo y no dijo nada…

    Se hizo un silencio muy extenso en la sala. Todos, atónitos, miramos al Teniente. Nadie podía aceptar lo que estaba diciendo: se habían comido a un miembro de la tripulación, y Correa lo contaba con, además de las palabras, ademanes espeluznantes, demasiado gráficos. Contaba, ahora, con una fluidez tal, que se excitaba con cada detalle, y los gestos se convertían en una especie de “dígalo con mímica”, pero además de las mímicas, con todo tipo de sistemas de signos, que iban exagerándose, de a poco, hasta convertirse en obscenidad.

 —Todo el día era de noche, nunca sabíamos, a ciencia cierta, en qué momento estábamos. Los relojes no funcionaban. Al principio, intentamos calcular las horas que transcurrieron desde la última vez que habían funcionado (eran las tres con cincuenta y siete segundos). Esta situación posibilitó que, en un momento que ahora es indeterminado… digamos, unas treinta horas…

—¡Antes, Teniente, nos había dicho que pasaron meses! —le gritó Ternieri, totalmente enajenado de rabia.

—…como decía, unas treinta horas. Cuando las provisiones comenzaron a escasear, comíamos una vez al día (bah, como si a esa medida de tiempo que manejábamos, se le pudiera llamar día). Elegimos, de común acuerdo, que fuera la cena. De postre había morfina. Sabíamos que ustedes no irían por nosotros. Imagínense la tensión con la que vivíamos. Cuando llegaba la cena tratábamos de no perder el vínculo que nos unía con la realidad. Charlábamos. Nos contábamos cosas de nuestras vidas. El Brigadier no sabía que yo era de Santa Rita. Cuando se lo conté, me miró con mala cara y me dijo “¿Dónde carajos queda eso?”. Igual, yo ya estoy acostumbrado a que nadie conozca mi pueblo: la ciudad más cercana queda a 250 kilómetros. Tres pequeñas poblaciones comparten su desolación en la zona: Santa Rita, Ordóñez y el pueblo más importante de los tres que es Gral. Lamolleja. Es el más importante porque tiene una estación de tren, ahora abandonada. Los primeros días, mantuvimos cierta distancia, todavía manteníamos la relación de Brigadier / Teniente, pero luego, cuando empezamos a decirnos cosas, nos sentimos más cercanos. Debo confesar que cuando el Brigadier lo aceptó a Crisóstomo todo fue mejor. Teníamos buenas charlas los tres, mientras nos comíamos de a poco a Gastaldi (lo fuimos preparando de varias formas, pero la mejor era asado) y tomábamos un licor que preparaba Crisóstomo, haciendo fermentar un líquido verde que les exprimía a las criaturas, ésas que el Brigadier había confundido con Gastaldi —dijo Correa y sonrió cómplice mirando nuevamente a su derecha.

Algo en Correa había cambiado, su testimonio atravesó momentos realmente tensos. Pero ahora se había soltado, estaba desatado. El relato le había infundado coraje. Imagino que, con el tiempo, algunos dirán que estaban casi seguros de que Correa no iba hablar de lo que había pasado allá arriba —un grupo de periodistas, seguramente, lo relacionará con el episodio de los mineros chilenos, ocurrido en el año 2010— porque el gobierno, para que él y Gómez Herrera no hablaran de lo ocurrido, los habría intimidado, por no decir amenazado, otros, por el contrario, hablarán de “Épica del espacio”. Lo cierto es que, aquella mañana, Correa habló largo y tendido.

—Yo sé lo que están pensando todos ustedes en este preciso instante —dijo Correa, desafiando nuevamente al Tribunal—, que estoy loco, que sólo he estado diciendo mentiras, pero ustedes no entienden lo que sucedió allá arriba y por más que yo lo repita hasta el infinito, nunca encontraré las palabras exactas para describirlo, mejor dicho, para transmitírselos a ustedes, tal cual lo viví yo.

—Todos sabemos que ha sido un infierno, pero es éste, un calvario que le ha significado, a todo nuestro país, sin distinciones, una resurrección del coraje, de la fuerza, del anhelo —lo interrumpió, eufórico, el Presidente.

  —(¿Está usted tratando de adularme, Señor Presidente?) —murmuró Correa con una carraspera, pero sólo unos pocos pudimos oírlo—. Un día lo encontré a Crisóstomo aislado en un rincón de la nave. El Brigadier estaba en otro compartimento, había ido hasta el generador central a chequear manualmente la reserva de energía —esta era una tarea que, turnándonos, realizábamos día por medio. Se trataba de una cuestión de primera necesidad, sin energía no sé qué hubiera sido de nosotros; las temperaturas en el espacio son extremas. Como el Brigadier no se encontraba, me acerqué a Crisóstomo y le pregunté qué le pasaba. Él dudó en decírmelo; pero, finalmente, se decidió a hacerlo. Su manera de hablar había avanzado mucho en los últimos tiempos, podía realizar discursos complejos, como el que estamos teniendo nosotros en este recinto, ¡ya era todo un lenguaraz! “El Brigadier es malo”, soltó de pronto. “Yo sé lo que le pasó a Gastaldi. Ché, en verdad, ¿vos viste alguna de esas criaturas que describió Gómez Herrera? Porque yo no he visto más que cucarachas que ustedes trajeron de la tierra. Gastaldi murió por otra cosa…”, yo lo escuchaba atento y negaba con la cabeza, “…Sí, Correa, este milico se trae una astucia bajo el brazo”. “¿Qué astucia?”, le pregunté desorientado. “Gastaldi le molestaba. Era científico, no era militar. Aunque la misión tiene jerarquías, sólo son válidas con su cumplimiento, y ustedes han dejado de cumplirla hace rato.” De pronto me percaté, estábamos otra vez en el desierto, pero esta vez vi, a unos cien metros de donde nos encontrábamos (flotando, a penas, unos milímetros del suelo), la nave aterrizada en un valle vacío. Lo miré sorprendido, Crisóstomo cargaba en cada mano dos bidones de agua vacíos. La tierra había vuelto a ser dura y fértil, ya no estaba más la nieve que cubre el suelo en invierno y tapa todas las acequias de las calles…

Todos nos quedamos absortos, pero varios notamos, en algunos casos los roces y, en otros, la complicidad, en las miradas que se cruzaron los integrantes militares y civiles que componían el Comité.

lunes, 4 de abril de 2016

Introducción

     En el año 1996 el presidente argentino enunció un discurso inusitado ante un grupo de alumnos de una escuela salteña. Dicho discurso reabrió un antiguo anhelo nacional por la conquista del espacio exterior. Un deseo que había comenzado entre marzo de 1947 y enero de 1948, cuando técnicos del Instituto de Investigaciones Científicas de la Fuerza Aérea Argentina, encabezados por el ingeniero Ricardo Dyrgalla, desarrollaron un motor cohete (conocido como AN-1) de combustible líquido, destinado a impulsar proyectiles científicos y militares.
     En aquella oportunidad el presidente dijo: “Pronto habrá vuelos espaciales en el país…esas naves espaciales van a salir de la atmósfera, van a remontar a la estratósfera y, desde ahí…”.
     Unos años más tarde, el 1 de abril de 2011, se puso en órbita un nuevo satélite de observación de la Tierra SAC-D Aquarius, desarrollado casi íntegramente por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), en cooperación con la Agencia Espacial Norteamericana (NASA). La puesta en órbita de este satélite posibilitó un avance increíble en la carrera espacial de la Argentina, ya que facilitó, treinta años más tarde, el lanzamiento de la primera nave espacial argentina con tripulación humana: La Sojisticus AR-1.
     La tripulación de la Sojisticus estaba conformada por tres astronautas que fueron entrenados por un equipo de especialistas civiles y militares: el Teniente Feliciano Correa, el Coronel / Dr. Carlos Gastaldi y el Brigadier Álvaro Gómez Herrera. El trasbordador debería salir de la atmosfera terrestre para hacer contacto con la Estación Espacial norteamericana Taurus-Marte 1, pero en un determinado momento… los aparatos de comunicación comenzaron, extrañamente, a fallar. La base terrestre perdió contacto con la Sojisticus AR-1; la situación se tornó irreversible, nunca llegaron a Taurus-Marte 1. Durante seis meses se intentó reanudar la comunicación, pero fue en vano.
     Dos años más tarde la Sojisticus AR-1 cayó en el río Paraná, cerca de una de sus islas. Dos de sus tres tripulantes estaban, increíblemente, con vida.
     Después de los estudios médicos y la recuperación física y emocional de los astronautas, el Brigadier Álvaro Gómez Herrera (principal responsable de la misión) y el Teniente Feliciano Correa fueron interrogados por un Comité cívico-militar que intentaría echar luz sobre los acontecimientos. El Comité pidió explicaciones precisas a los sobrevivientes que habían echado a perder la misión, poniendo en juego la integridad diplomática del país, además de haber tirado por la borda miles de millones de dólares del presupuesto destinado a la misión; también estaban sospechados por la desaparición física del Dr. Carlos Gastaldi. El juicio fue público y se transmitió por Internet y por Cadena Nacional.               

La nave



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