martes, 2 de agosto de 2016

De vuelta

Una vez en casa reaccioné, parecía que había estado viviendo una pesadilla, una larga y extraña pesadilla que llegaba a su fin. Fue ahí cuando me avivé de que no le había preguntado nada a Bogado o Crisóstomo, todas las dudas que me habían desvelado el último tiempo se habían evaporado en el sótano oscuro y me quedé sin palabras. Acepté dócilmente las explicaciones de aquel hombre extraño sin chistar.
Al día siguiente pasé por un lavadero de autos para darle otro baño a Willy’s. Después fui a ver a Lorenzo para devolvérselo y contarle mi travesía por el litoral. Lo encontré en su casa, baldeando la vereda, y se puso muy contento cuando me vio, mejor dicho cuando comprobó que el Jeep estaba en buen estado.

—¿Y, cómo te fue? —me preguntó sin dejar de mirar el vehículo, buscaba rayones o abolladuras en la chapa.

—Bien, todo bien. No vas a poder creer todo lo que me pasó —tenía una necesidad imperiosa por contarle a alguien lo que me había pasado.

Entonces le conté todo con lujo de detalles. Él me miraba atónito, creo que no me creyó lo del sueño y tampoco lo de la piel de Ricardo Bogado. En verdad, creo que no me creyó nada, porque me instó a tomarme unas vacaciones y me volvió a decir, como en la vez anterior, “Estás obsesionado con todo esto” y luego agregó, abriendo grande los ojos y haciendo una mueca rara con la boca:

—¿Estás yendo al psicólogo, o ya lo dejaste?, ¿hablás de esto con él? —me preguntó insistente y preocupado, pero sin dejar de reírse—. Mirá que ya arreglé una cena con Samanta, no me hagas quedar mal con mi primita. No le vas a comer el coco con todas tus fantasías fantásticas. Clara la estuvo pinchando el otro día, cuando se quedaron solas en la cocina, y le parece que tiene onda con vos. Cuando le preguntó qué le parecías, se enrojeció y dijo que le caes bien. Ahora tuvo que viajar por trabajo a México, pero cuando vuelva en quince días nos juntamos a cenar, quizás te comés un lindo postrecito y te convertís en El tipo que entabló una relación con la bestia Samanta —dijo para reírse de mi historia.

Nos despedimos afectuosamente como siempre. Lorenzo me recomendó no asistir al encuentro en la puerta de la ex CONAE. “Rompé el anónimo en cuanto te llegue y si intentan comunicarse con vos por otro medio, hacete el boludo. No parece serio todo esto que me contás; haceme caso, no te metas en quilombos”.
A pesar de las advertencias de mi amigo y de las dudas que me asaltaban, a la semana recibí el mensaje del encuentro con alegría y ansiedad. El lunes a la medianoche, me tocaron el timbre y pasaron un papel doblado por debajo de mi puerta; cuando abrí ya no había nadie, sólo pude ver una sombra que se perdía doblando la esquina. El mensaje decía:  

“El día miércoles a las quince horas lo esperamos en Avenida Paseo Colón 751. Tenemos información de suma importancia para ofrecerle sobre el caso Gastaldi. No nos falle. Los Infuriating”.

Me llamó la atención que no fuera anónimo, sino que estaba firmado por los Infuriating, como dice Gastaldi en Las Crónicas de Gándara que los llamaban los gringos de la INCOC a los rebeldes sublevados.
El día indicado madrugué. Me levanté tempranísimo, estuve toda la noche dando vueltas en la cama y a las cinco decidí levantarme. Puse la pava, me preparé unos mates y repasé todo el material que había reunido del caso, incluyendo mis observaciones del viaje a la zona del litoral, que ya había pasado prolijamente en un cuaderno.
Una hora antes, luego de almorzar, salí de mi casa rumbo al bajo. Tomé por Independencia, iba a caminar hasta Paseo Colón. Dos cuadras antes de llegar —faltaban sólo cinco minutos para que se cumpliera la hora señalada—, noté algo extraño, había mucho movimiento de fuerzas de seguridad, un despliegue inaudito: un cordón policial me impidió continuar, habían vallado todo el perímetro.
Intenté ingresar a la zona de la recova, pero fue inútil, a los pocos minutos comenzaron los disparos; los helicópteros zumbaban por el aire cruzando el cielo a toda velocidad, había francotiradores apostados en todas las ventanas de los edificios y hasta dos tanquetas estacionadas en medio de la Avenida Independencia. La balacera se extendió más de media hora, las ráfagas de ametralladoras y las detonaciones cubrieron el área de humo y el olor a pólvora pululaba en el aire irrespirable.     
El secuestro fracasó —supuestamente habrían sido vendidos por una fuente que nunca se reveló—, los habían emboscado. A la hora, el lugar estaba llenó de ambulancias, bomberos y Medios periodísticos. Los médicos forenses de la policía retiraron los cadáveres del lugar del hecho, aparentemente uno de los secuestradores había escapado.
Ese mismo día, en la tirada vespertina de un diario porteño se podía leer el siguiente titular:

Vuelven los guerrilleros. Un comando revolucionario intentó, hoy por la tarde en pleno centro porteño, secuestrar a un alto funcionario del Gobierno Nacional. Los cuatro terroristas, con el rostro completamente encapuchado, fueron emboscados por la policía local, con ayuda de los servicios de inteligencia de la INCOC. Tres de ellos resultaron muertos. El cuarto todavía se encuentra prófugo”.

A los dos días se dieron a conocer los nombres de los terroristas muertos en el enfrentamiento: Pedro Ramón Alves, paraguayo de 45 años de edad; Felipe Fierro, argentino de 55 años y Raimundo Friendrich, argentino de 35. Como lo imaginaba, Ricardo Bogado había logrado escapar. Nunca se mencionó que “el alto funcionario del Gobierno Nacional” era el Brigadier Gómez Herrera y mucho menos las causas de su secuestro fallido. Tampoco se dijo que Friendrich era científico y que había trabajado en la VSVE con Gastaldi. En menos de una semana nadie se acordaba del episodio.

Unos meses después, en un neuropsiquiátrico de Zona Sur logré entrevistar a Horacio Núñez, uno de los policías que había participado del operativo. Había perdido una mano en la contienda y se lo notaba muy asustado, se sobresaltaba con el menor ruido. 

—Lo que vi allí no puedo explicarlo con exactitud, ya no sé qué fue real de toda aquella locura. Los médicos dicen que ya se me va a pasar, que es cuestión de tiempo —dijo por fin. Por momentos tenía que pedirle que hablara más fuerte, su voz era débil, parecía que hablaba bajito para que no lo escucharan—. Además, mis superiores me prohibieron que hablara con nadie sobre el tema. Hay secreto de sumario, usted sabe…

—Perdón, no quiero robarle mucho tiempo, tampoco es mi intención que usted me cuente algo que no pueda o no quiera contarme. Sólo quiero información porque yo he perdido a un amigo de la Fuerza en aquel tiroteo y nunca hemos tenido una explicación sobre lo sucedido. Sabré entenderlo, cuando usted sienta que es suficiente, me retiraré y no volveré a molestarlo nunca más —le mentí a Núñez para tranquilizarlo.

—Está bien, se lo voy a contar rápido y con la menor cantidad de detalles posibles, espero que le sirva para esclarecer la muerte de su amigo —dijo luego de muchos rodeos. Me costó lograr que hablara, pero finalmente lo hizo—. En pleno operativo notamos que uno de los subversivos se comportaba extraño. En un determinado momento dejó de cubrirse con las columnas de la recova, se quitó una especie de máscara de goma y, erguido como un héroe, comenzó a lanzar un rayo amarillo de sus ojos. Todo lo que era alcanzado por aquella radiación se desintegraba en el acto, incluidos el hombre que intentaban secuestrar, un helicóptero y como diez policías. La escopeta recortada de uno de ellos se disparó cuando cayó en el suelo (ya sin la mano que la sostenía) y me voló parte del brazo. Luego, con dificultad porque me estaba desangrando, vi que el tipo extraño comprobó que sus compañeros yacían muertos en el suelo y desapareció sin dejar rastros…

Salí extrañado del lugar. Según este hombre, Gómez Herrera había muerto en la reyerta. Ni el Gobierno ni los Medios hablaron de su muerte, tampoco de los diez policías desintegrados y mucho menos de los rayos amarillos que lanzó Crisóstomo de sus ojos. Después, más tranquilo, cuando repasé la historia, sentí una especie de alivio: la muerte de Herrera complicaba el regreso de la INCOC a Gándara.


Nunca, aunque en más de una oportunidad se me cruzó por la cabeza, intenté contactar al Teniente Correa. Sospecho que él sabía que Bogado era Crisóstomo y que también estaba al tanto del secuestro del Brigadier. Pero, como muchas otras cosas que creía saber y luego me di cuenta de que estaba equivocado, no puedo decir a ciencia cierta que fuera así.    
Esperé un tiempo, bastante. No sé por qué tenía una vaga corazonada de que Tulio Ojeda o Ricardo Bogado intentarían hacer contacto conmigo. Hasta hoy no he tenido novedades.

Tal vez fui demasiado lejos en mis cavilaciones. Todo me parecía una pista, una pieza de un rompecabezas inabarcable que me propuse armar. Mi libro nunca vio la luz, casi lo he abandonado; sólo tengo muchos cuadernos y carpetas azules, de esas con folios para organizar las hojas. Todavía sigo sin poder escribir una sola hipótesis firme y algunas conclusiones sobre el caso.                     

lunes, 25 de julio de 2016

Ciudad del Este

—Se trata de un juicio histórico al principal responsable de la misión. Gómez Herrera tiene que pagar ahora, porque si lo dejamos con vida va a volver —esas fueron las palabras que me dijo Bogado cuando lo encontré y nos sentamos a charlar en un sótano de la ciudad de Puerto Iguazú, en Misiones.

Llegué a Ciudad del Este un viernes por la mañana. Me fui directamente a la redacción del Diario Las nuevas vanguardias. Allí nadie parecía conocer a Ricardo Bogado. Después de insistir un buen rato, se acercó un hombre robusto, con una carpeta debajo del brazo y me dijo que Bogado sólo había hecho unos trabajos para ellos, pero que hacía rato que no cubría nada. Me invitó a tomar asiento en una pequeña oficina, me ofreció un café y me mostró una carpeta que en el lomo decía: “Personal Freelance”. Buscó en la letra “b” y me indicó esas pocas veces que habían registrado trabajos de Bogado para el diario. El documento que me mostraba era una especie de legajo, donde figuraban algunos datos personales de los contratados. Con permiso del robusto que me había recibido amablemente en su despacho, anoté una dirección, que supuestamente era su domicilio, y un número de teléfono.
Salí de la redacción un poco confundido. “¿Cómo había logrado cubrir el Juicio sin una credencial de prensa?”, me pregunté y rápidamente, encontré la respuesta: “Como me consiguió un permiso internacional para portar armas”. Mientras caminaba cavilando estos temas, un hombre me chistó desde la esquina.

—¡Chist, chist!, usted. Sí, usted. Venga, acérquese, tengo información para darle —me decía y también me llamaba con la mano. Yo me acerqué con cierto temor, pero una vez que estuve cerca lo reconocí. Lo había visto adentro, era un tipo raro que me había llamado mucho la atención, estaba sentado detrás de un escritorio, tenía un traje antiguo, de otra época, y unos anteojos gruesos que le ataviaban la cara.

—¿Usted está buscando a Ricardo Bogado, no es cierto? —me preguntó, parecía estar muy nervioso, como si estuviera haciendo algo peligroso. No parecía ser un hombre que se arriesgara demasiado, quizás el espionaje lo asustaba. Noté con asombro y cierta repugnancia que estaba muy sudado, le corrían ríos de sudor por la cara y hasta tenía los cristales de los anteojos empañados.

—Sí, así es. ¿Usted sabe dónde puedo encontrarlo? —le pregunté.

Entonces el tipo raro sacó un papel doblado en cuatro del bolsillo y me lo extendió. Mientras lo desdoblaba, bajé la vista por un segundo y, cuando la alcé nuevamente, el otro había desaparecido como por arte de magia; no le di mayor importancia, a esta altura ya nada podía sorprenderme. Abrí el papel y leí.

“El señor Bogado tuvo que irse con cierta urgencia de Ciudad del Este y me dijo que le pidiera disculpas en su nombre. También dijo que lo puede encontrar en Puerto Iguazú, en la calle Peteribí 234. En la puerta, cuando le pregunten por qué es valioso el Peteribí, usted deberá responder porque ama siempre. No lo olvide…”.

Ya me estaba comenzando a hinchar las pelotas. Para colmo, cuando voy a encender a Willy’s no arranca. Tenía ganas de volverme a Buenos Aires ese mismo día, pero también quería saber cómo terminaría el recorrido que me proponía Ricardo Bogado.
Fui hasta un taller mecánico y me remolcaron el vehículo con una grúa. Hasta el otro día no podría llegar a Misiones, se había cortado la correa de distribución y no tenían el repuesto.

—Se trata de un juicio histórico al principal responsable de la misión. Gómez Herrera tiene que pagar ahora, porque si lo dejamos con vida va a volver. Queremos que usted sea el cronista de esta aventura, que le cuente al mundo nuestra verdad y que difunda las causas del juicio popular por el cual condenaremos al Brigadier a la pena de muerte —ésas, entre otras, fueron las palabras que me diría Bogado cuando por fin lo encontré y nos sentamos a charlar en un sótano de la calle Peteribí.

En Ciudad del Este, mientras buscaba un lugar donde hospedarme, pasé por la dirección, que supuestamente era o había sido su domicilio. En la puerta estaba parado un hombre de unos cincuenta años, flaco como un escarbadientes, con la mirada perdida en un punto fijo de la nada. Me acerqué y le pregunté si allí había vivido Ricardo Bogado.

—¿Usted es el porteño? —me respondió con otra pregunta.

—Sí, soy porteño —le dije, y entonces volvió a preguntarme.

—¿Así que se le averió el Jeep y se lo llevó al Polaco Bielka? Si quiere puede pasar la noche aquí, esto es una pensión —me dijo y me señaló un cartel que decía: “Pensión El Surubí” —. Ricardo ya no está por aquí, se tuvo que ir, lo están buscando. Pero ya se lo explicará todo él cuando lo encuentre. Por cierto, ¿rompió el papelito que le dio Eduard?

—Así es, ya me lo comí, lo deglutí de un bocado —le respondí irónicamente.

Como no tenía ganas de seguir caminando, pasé la noche en El Surubí. Era bastante precario, la única ventilación o luz que entraba en el cuarto provenía de una claraboya diminuta y ni siquiera tenía baño privado. Me contuve de irme porque recordé que, si todo salía bien, partiría mañana a Puerto Iguazú y sería allí la última vez que intentaría encontrar a Ricardo Bogado.
Una vez que me acomodé en el pequeño cuarto, saqué la pistola de rayos gamma y la estuve acariciando un rato, apunté a la pared donde estaba imaginando a un posible enemigo, me tenté de dispararle en varias oportunidades, pero luego desistí. La dejé cerca, en la mesa de luz, por las dudas. Leí una vez más la nota que había escrito Eduard, el tipo raro; memoricé la dirección “Peteribí 234” y la contraseña “Porque ama siempre”, y luego la rompí en mil pedazos, encendí un cigarrillo y, de paso, los quemé en el cenicero. 
Finalmente me quité las zapatillas, las medias y la remera y me acosté.  Dormí plácido y pude descansar bien. Claramente, necesitaba una cama, aunque estuviera toda destartalada como aquella.
Por la mañana, ya cerca del mediodía, fui a ver al Polaco Bielka y retiré a Willy’s, estaba muy limpito y con la correa de distribución nuevita. Verlo así me llenó de alegría: no había rastros de tierra colorada, comida u otros desperdicios en el tapizado y las alfombras, ni insectos estrellados en el parabrisas. Le pagué, me subí, lo encendí y anduvo lo más bien.
Partí hacía mi último destino inmediatamente. Debería cruzar el Puente de la Amistad a Foz do Iguaçu y desde allí cruzar por el viejo puente internacional Tancredo Neves hasta Puerto Iguazú. En los dos puentes, vi nuevamente los carteles con la cara del gigante. Escrito con grandes letras rojas en el afiche se podía leer (en guaraní, en español y en inglés): “Tulio Corundo Ojeda. Terrorista Internacional. Se busca…”, salvo que ahora había un monto de treinta mil dólares de recompensa. Por suerte, esta vez no me confié del azar y tiré el arma y el permiso de portación falso al río Iguazú, antes de cruzar a Brasil. De todas formas, el control fue más riguroso en el segundo puente. Me hicieron miles de preguntas. Nuevamente, cuando me cansé del interrogatorio, recurrí a la credencial de prensa y a unos billetes para poder pasar. Rezongaron pero finalmente me dejaron seguir.
Llegué al atardecer al lugar, pero primero dejé a Willy’s estacionado a dos cuadras, no quería involucrar a mi amigo Lorenzo en esta locura. Luego, caminé hasta Peteribí 234 y toqué el timbre. Del otro lado una voz, que yo conocía pero que no reconocí en ese momento, me preguntó: “¿Por qué es valioso el Peteribí? Y yo le respondí, debo confesar que un poco tentado: “Porque ama siempre”. Toda esa situación me superaba y me daba mucha risa. Hasta aquel día, pensaba que eso pasaba sólo en las películas de espionaje de los años ’70. Pero no, estaba equivocado, me estaba pasando en la vida real. Entonces, la puerta se abrió bruscamente y se asomó la cabeza de Tulio Ojeda, el gigante.

—¿Cómo le va? Pase. Lo estábamos esperando —me dijo, me invitó a pasar y seguirlo. Fuimos hacía el centro de una habitación, abrió una puerta en el suelo y me enseñó   una escalera que descendía a un sótano, mientras bajábamos, agregó—. Perdón por las molestias. Ricardo lo recibirá en unos instantes.

—¿De qué se trata todo esto? Vi su cara en todos los puentes internacionales, ¿sabe que ofrecen treinta mil dólares por usted? —le pregunté sin rodeos.

—Sí, ya lo sabemos, me tuve que exponer para que no cayera Ricardo o los otros compañeros. En un instante parto con rumbo incierto, tal vez vuelva a—dijo pero no completó la frase—. No puedo poner en riesgo a la organización —habló con tranquilidad y cierta resignación. Lo observé detenidamente por un segundo, me parecía verlo todavía más alto que antes. Quizás fue porque tuvo que bajar las escaleras medio agachado, el hueco era muy angosto y bajo.

El sótano era pequeño y estaba oscuro, había una mesa de madera y cinco sillas. Sobre la mesa había varias botellas de bebidas alcohólicas y muchos fierros de todos los calibres. Tulio me invitó a tomar asiento y lo hice. De repente, dijo “Ábrete, Sésamo” y se abrió una puerta en la pared. Por ella entró Ricardo Bogado y otras tres personas.
Todos me saludaron afectuosamente y luego se despidieron de Tulio, que debería ser su nombre porque así estaba escrito en el afiche y también así lo llamaron sus camaradas. Yo también me despedí de él con un abrazo fraternal, aunque era la segunda y última vez que lo vería en toda mi vida. “¡Ánimos!”, le dijo Bogado y le palmeó el hombro. El otro agachó la cabeza y se marchó por la puerta. Cuando la cruzó, Bogado dijo “Ciérrate, Sésamo” y la puerta le obedeció, cerrándose al instante.
Nos sentamos y tomamos unas copas de vino. Ricardo Bogado tomó todo el contenido de su copa de un trago, se dirigió a mí sin vueltas y me dijo, con un tono muy familiar, lo siguiente:
          
—Che, tengo que confesarte que yo vengo del futuro. Viajaré (si es que no lo impedimos antes) en un tiempo no muy lejano, al espacio en la Sojisticus AR-2 junto con las otras dos naves de la INCOC que volverán a Gándara, como escribió el Doctor Gastaldi en Las crónicas de Gándara. La nave argentina y su tripulación, nuevamente estarán al mando del Brigadier Gómez Herrera; pero (porque esta segunda vez se asegurarán de que nada pueda salir mal) a cargo de la misión militar se encontrará el General Supremo del Comando Espacial Sur de la INCOC, General Edmond Carter, y la parte científica será comandada por el Dr. Brandon Smith, el científico norteamericano que remplazó al Dr. Gastaldi en la VSVE —no lo podía creer, eran casi las mismas palabras que me había dicho su espectro en el sueño—. Se trata de un juicio histórico al principal responsable de la misión malograda a Taurus-Marte 1. Gómez Herrera tiene que pagar ahora, porque si lo dejamos con vida va a volver a Gándara y eso será nefasto. Queremos que vos seas el cronista de esta aventura, que le cuentes al mundo entero nuestra verdad y que difundas las causas del juicio popular por el cual condenaremos al Brigadier a la pena de muerte.

—No sé, todo esto es un poco confuso para mí. ¿Usted me dice que vino del futuro y yo debo creerle? —lo desafié.

—¿No te di demasiadas pruebas todavía? —me respondió, inquieto y un poco molesto, con una pregunta.

Entonces sucedió algo que hasta el día de hoy no puedo explicar con exactitud, se sacó la piel de la cara y del cuerpo —bah, en realidad, creo que era una especie de disfraz hiperrealista—, se acercó a la única luz que había en el sótano y me mostró su verdadero rostro: los ojos, de tan grandes, le saltaban de las órbitas. Había algo en esos ojos sin iris, en las pequeñas pupilas, en sus gigantescos globos oculares, algo atávico, perdido en el tiempo pasado, presente y futuro. No había dudas, era Crisóstomo. Yo me quedé con la boca abierta, no sabía qué hacer o decir.

—¿Y, qué me decís ahora? —me dijo sonriendo irónicamente y continuó refiriendo los detalles de la misión—. El plan es el siguiente: Herrera va a estar en Buenos Aires la semana próxima. Viene a consultar a nuestro amigo, el Dr. Raimundo Friendrich —dijo y señaló a uno de los hombres que estaban sentados—, la mano derecha del Dr. Gastaldi en la VSVE, acerca de la libreta que encontró en la nave. Herrera trajo, además de la libretita, una muestra de sangre, y no el cerebro del Dr. Carlos Gastaldi como se dijo por ahí, y se los entregó a los soldados de la INCOC cuando fueron rescatados en el río Paraná. Clonaron a Gastaldi  en un laboratorio de Arkansas porque pretendían que el clon pudiera descifrar unas anotaciones que hizo el original, vitales para saber la ubicación exacta del exoplaneta conocido como Gándara o Nueva Argentina y otros datos de suma importancia para comenzar una nueva misión. Se dice que la INCOC ha desarrollado una novedosa técnica de clonación para lograrlo. En verdad, ya han clonado al Dr. en cinco oportunidades, pero no han obtenido los resultados deseados. El clon nunca es Gastaldi, es otro sujeto, aunque genéticamente sean idénticos —todos asentimos con la cabeza y Bogado, o Crisóstomo, aprovechó para tomarse otra copa.

—Así es —dijo entonces Raimundo Friendrich—. Yo trabajé con Gastaldi, hasta que cambió la cosa y me despidieron. Pero ahora vienen a pedirme ayuda para descifrar las anotaciones de mi maestro y amigo, ni loco se las doy. Herrera me citó en diez días en el viejo edificio de la CONAE…

—La idea es secuestrarlo en la puerta, recuperar, si es que la lleva consigo, la libreta y luego enumerarle los cargos y ajusticiarlo —volvió a tomar la palabra Bogado o Crisóstomo, a esa altura ya no sabía cómo llamarlo—. Entonces te esperamos en diez días, a las quince horas, en la puerta del edificio que perteneció, en otros tiempos, a la CONAE. Podés llevar un grabador y una cámara, si te parece bien. No te propongo que vengas con nosotros porque la idea es que vos estés lo más limpio posible, para que después puedas difundir la historia. Si vas con nosotros, vas a ser sospechoso; en cambio así, podés decir que te llegó una citación anónima y fuiste hasta el lugar porque no te querías perder la primicia. ¿Qué hiciste con la pistola de rayos gamma y el permiso de portación que te envié? —me preguntó.

—Los tiré al río Iguazú del lado paraguayo, era peligroso cruzar las dos fronteras con un arma y un permiso falso, ¿no le parece? —le contesté—. Por lo demás, cuenten conmigo, estaré allí en diez días para tomar registro de todo. Eso sí, unos días antes envíeme un mensaje anónimo para sostener su coartada.

—Me parece bien lo del arma, tenés razón, es peligroso llevarla encima, pero también lo es no llevarla. Podés agarrar una de estas. Elegite una, ¿cuál te gusta más? —me dijo insistentemente.

—No, gracias. Prefiero andar desarmado.

—Como quieras. Bueno, muchas gracias por aceptar este trabajo tan peligroso. Dos días antes Eduard te redactará un anónimo con el lugar y la hora exacta del secuestro. Recibirás una importante suma de dinero cuando esto termine.

—Está bien, pero no lo hago sólo por dinero, también me interesa saber la verdad.

Nos despedimos calurosamente con el deseo de volvernos a encontrar. Nunca supe quiénes eran los otros dos que estaban en el sótano y tampoco me interesó saberlo. Estaba muy oscuro y no podía verles las caras, aunque sus voces me eran, por momentos, muy familiares. Ellos volvieron a salir por la puerta mágica y yo subí por las escaleras.
Afuera, el aire estaba enrarecido, había una niebla espesa que lo cubría todo, la noche estaba bien cerrada y el frío, aunque parezca mentira por la zona y su clima, se hacía sentir. Caminé por las calles desoladas el tramo que me separaba del Jeep. Cuando llegué hasta el lugar donde lo había dejado estacionado, me subí inmediatamente, sin perder tiempo. Por un instante temí que me sucediera algo malo, pero todo estuvo demasiado tranquilo. Conduje enajenado, a gran velocidad y casi sin detenerme, hasta Buenos Aires.                          

sábado, 16 de julio de 2016

Curupaytí

Dos días después llegué a Curupaytí, en el departamento de Ñeembucú. Crucé un puente nuevo que se construyó hace unos años sobre el Río Paraná Medio para unir Itá Ibaté en la Provincia de Corrientes con Panchito López en el Departamento de Misiones, en Paraguay. Es un puente muy moderno, está construido con un material muy resistente, parece acrílico, pero no lo es, es una especie de cristal grueso y macizo.
En Itá Ibaté, antes de cruzar el puente me detuve a tomar una cerveza fría (fueron más de una) y, como se hizo tarde y el calor era demasiado agotador, decidí quedarme a pasar la noche allí.
En el bar Guaripola se hablaba de que algunos lugareños que se encontraban pescando un día antes de mi arribo aseguraban haber visto a una criatura monstruosa devorarse a un yacaré entero en las orillas del río. La noticia al igual que otras que ya he mencionado sobre estos relatos de personas que habitan en las cercanías del Paraná  no hizo ruido, ya que se ignoró no sólo en los Medios nacionales, sino también en los locales, ninguno publicó siquiera una referencia al hecho.
La ciudad, a pesar del desarrollo urbano, todavía conserva un toque salvaje. Conviven a orillas del Paraná altos rascacielos y pequeños pantanos. Al igual que las palomas y las cucarachas en Buenos Aires, los lagartos se pueden ver en grandes cantidades en las aguas pantanosas; amontonados en los esteros cercanos a los centros comerciales, devoran los residuos que, a caudales, produce la urbe todos los días. El que había sido visto cuando se lo deglutía una criatura extrañísima, según los testimonios, pesaba unos doscientos kilos; tenía pintitas amarillas y rayas rojas en el lomo; unos colmillos del tamaño del asa de una sartén de gran tamaño. Algunos aseguraban haberlo visto cerca de la isla Ovechá, otros decían en los suburbios de la ciudad, en un barrio que se conoce con el nombre de La Tyvy.
Salí del bar cuando ya era de noche. El barman me recomendó hospedarme en la lancha-hotel Irupé que estaba amarrada en un muelle a pocas cuadras de Guaripola. Me dijo que en la recepción preguntara por Tino y que no olvidara mencionar que iba de parte de Charly del bar. “Si le dice que va de parte mía le harán un buen precio, hágame caso, no se arrepentirá”. Así lo hice, caminé por la costanera unas tres o cuatro cuadras hasta llegar al muelle 33-A y pasé la noche en la lancha-hotel. No quería conducir dado mi estado, entonces dejé a Willy’s en un estacionamiento que había al lado del bar y caminé.
El cielo estaba calmo y, cerca del agua, corría una leve brisa que, después del calor insoportable de la tarde, me acariciaba el rostro con cariño. El vientito me ayudó a despejarme un poco. Estaba confundido, las palabras de la vieja Javorái resonaban aún en mi cabeza: “Una noche de luna llena en que el silencio era aterrador, porque ni siquiera los grillos o las ranas cantaban, y las copas de los árboles estaban inmóviles, como petrificadas por la desolación y el mutismo”.    
De lejos, sólo de lejos, el Irupé todavía guarda un toque de sus épocas de gloria. Es gigantesco, más que una lancha parece ser un crucero. Charly me contó que supo tener un casino y una piscina que cuando recorrí la cubierta, por la mañana, lo pude comprobar con mis propios ojos ahora se convirtió en depósito de un moho extrañamente verde que se ha formado en las paredes. Es como una especie de alga que se adhiere con facilidad a los muros descascarados, y una vez que ya no tiene espacio en éstos, flota en el agua que se va enturbiando de a poco hasta obtener un aspecto de quietud absoluta.
Caminé con paso lento por el erial costero unas tres o cuatro cuadras hasta llegar al muelle 33-A, donde descansaba el Irupé y, “¡…bajo la noche que abría sobre mí su gran corimbo de estrellas!”, observé el agua calma, buscando encontrar a uno de esos endriagos que describían los moradores de aquella región; pero llegué al muelle sin obtener ningún avistaje, sólo se veía, cada tanto, una botella o alguna bolsa de plástico flotando a la deriva; en ocasiones, formando pequeñas islas de desperdicios a las que se les creaba una especie de espuma o baba blanca y espesa alrededor.
Una noche de luna llena en que el silencio era aterrador, porque ni siquiera los grillos o las ranas cantaban, y las copas de los árboles estaban inmóviles, como petrificadas por la desolación y el mutismo”, seguía sonando la voz de la vieja en mi cabeza. La recordé empinándose, con fruición y esmero, el cáliz de caña. Absorbía, con ayuda de sus encías succionadoras, hasta la última gota de aguardiente antes de estirarle el brazo escuálido a Felipe para que le cargara nuevamente el vaso.
Hablé con Tino y tal como me había dicho Charly me hicieron un descuento especial y recibí una atención de lujo.
—Hola, ¿usted es Tino? —le dije al hombre que estaba sentado en la recepción del barco-hotel.
—Sí, soy yo. ¿Qué desea?
—Vengo de parte de Charly del Guaripola, me dijo que hablara con usted para conseguir una habitación a buen precio. ¿Tienen habitaciones disponibles? —le dije y mis palabras surtieron el efecto que buscaba.
—¿Así que viene de parte de Charly? ¡Claro, tenemos lugar de sobra!, venga pase. Siempre tenemos habitaciones disponibles para las personas que recomienda un amigo como Charly —me dijo invitándome a tomar asiento en unos silloncitos comodísimos que había en el lobby.    
  —¡Muchas gracias! —le dije amablemente—. Es sólo por una noche. Si quiero desayunar aquí mañana, ¿puede ser en cubierta?, vi que tenían mesitas con sombrillas y me pareció buena idea desayunar allí; debe haber una bella vista del río y sus islas.
   —Claro, señor, como usted lo desee. El desayuno se sirve hasta las doce del mediodía, pasada esa hora cobramos un recargo, pero le servimos un almuerzo. ¿Quiere que lo despierte a alguna hora en particular?
—Estaría bien a las diez, ¿puede ser?
—Seguro, delo por hecho —me dijo—. Venga por aquí que le muestro su habitación. ¿Desea una con vista al Paraná? —y me invitó a seguirlo. Cruzamos el vestíbulo, una gran sala comedor y después otro salón amplio que, supuse, habría sido el antiguo casino; ahora tiene unas consolas de realidad virtual y unas computadoras; finalmente subimos dos pisos por escalera y llegamos a un gran pasillo, abrió la segunda puerta a la izquierda y entramos. Tino me dejó el control remoto de la televisión y un juego de toallas limpias.
—Muchas gracias, Tino, por el buen trato —le dije amistosamente, con confianza, y le puse la propina en la mano.
—De nada, señor. Que duerma usted bien. Entonces mañana lo despertaré a eso de las diez para desayunar en cubierta —dijo por último, antes de cerrar la puerta y perderse de vista. Me pegué a la puerta para escuchar sus pasos por el pasillo, luego cerré con llave (dos vueltas) y me descalcé, necesitaba hacerlo con urgencia. Me di una ducha con agua fría y cuando salí del baño, me tomé una gaseosa Mocoretá de lima-limón que encontré en el frigobar.   
 Finalmente, me recosté en la cama y prendí el pequeño televisor que había en mi camarote por cierto, muy amplio y bien decorado. Los Medios ya habían dejado de hablar sobre el tema de mi investigación. “La opinión pública olvidará la cuestión por completo en unos dos o tres días”, pensé y me apené.
Me desperté sobresaltado a las dos y media de la mañana (el televisor seguía encendido, estaban pasando la remake del año 1978 de un clásico de ciencia-ficción), porque escuché unos ruidos extraños en la cubierta, me acerqué a la ventana en forma de escotilla que había en el otro extremo de la cama, descorrí cuidadosamente las cortinas y observé qué sucedía afuera. Pude ver a Tino arrojando al río una bolsa grande de plástico que primero arrastró, con dificultad parecía muy pesada—, por el suelo. “¿Será un cuerpo?”, me pregunté por unos minutos. Pero no le di mayor importancia al asunto y me volví a la cama.   
Miré un rato la película. Era viejísima y se llamaba: Invasion of the Body Snatchers. Al rato, me quedé dormido, creo que justo antes del final. En la parte en que el protagonista —después de que el cuerpo de su mujer se le desintegrara en los brazos— logra escapar de los extraterrestres invasores y corre desesperado por una ruta.
En ese momento entre la vigilia y el sueño (y con los gritos de  Donald Sutherland de fondo), una milésima de segundo antes de dormirme, volví a escuchar las palabras que me había dicho la vieja Javorái: Una noche de luna llena en que el silencio era aterrador, porque ni siquiera los grillos o las ranas cantaban, y las copas de los árboles estaban inmóviles, como petrificadas por la desolación y el mutismo”.
Luego no recuerdo nada, esta vez, por suerte, no soñé con nada extraño; pero me hubiera gustado dormir un poco mejor. Me desperté cuando Tino golpeó la puerta, exactamente a las diez de la mañana.
—Señor, ya son las diez y su desayuno está listo —me dijo con una voz enérgica desde el pasillo.
—Gracias, Tino —le respondí con una voz de ultratumba. Luego me lavé la cara y los dientes y observé en el espejo que tenía ojeras, unas grandes manchas grises se me habían formado debajo de los párpados. Tenía que lograr dormir una noche completa si no me convertiría en un zombi.  
El desayuno no estuvo mal (quería partir antes del mediodía y comer bien por la mañana me ayudaría a no detenerme para almorzar) y la vista desde aquella altura era muy buena; se podían ver, con claridad, algunas islas del río Paraná, como Ovechá, Melilla y Santa Isabel. El sol, todavía débil, caía sobre el agua y le daba un color dorado que yo jamás había visto en otro lugar.
A pesar de la basura que había visto flotando por la noche, el agua no despedía olor alguno. Es más, me acerqué a la baranda y observé con atención hacia abajo, no había rastros de basura en el río, parecía estar completamente limpio. “Los yacarés se deben encargar de comerse todos los desperdicios por la noche. Por eso Tino debió arrojar aquella bolsa de plástico a la madrugada. ¡Una buena forma de reciclar tienen acá!”, pensé y me reí un rato como un tonto.    
Cuando terminé de desayunar, di una vuelta por la cubierta y —como ya he dicho— me acerqué a la piscina que me describió Charly. Efectivamente, la pileta era el depósito de un moho extrañamente verde que se le había formado en las paredes. Como una especie de alga que se adhería con facilidad a los muros descascarados, algunos pedacitos flotaban en el agua que se había enturbiado y tenía un aspecto de quietud absoluta.
Por algún motivo, relacioné aquel moho con el que se había formado en la Sojisticus y el que, según Herrera, había en las ruinas circulares de Gándara: “En las grietas de las rocas se formaba un moho rojo, una especie de raíz que se adhería al ras de la piedra”, y me consterné en demasía. “¿No será este moho, también, como el de los Body Snatchers que vi en la tele?”, pensé, finalmente, para agregarle un poco de humor a mis elucubraciones. Después fui hasta la habitación a buscar mis cosas y bajé al lobby del hotel, para abonar y despedirme de Tino.
 —Señor, antes de que me olvide nuevamente, dejaron este paquete para usted hoy a primera hora de la mañana —me dijo Tino y yo me sorprendí, porque nadie sabía que me encontraba en este hotel.
—¿De parte de quién es? —le pregunté.
—De otro amigo que tenemos en común, del señor Ricardo Bogado —me respondió para sorpresa mía, ¿cómo podía ser que todo el mundo conociera a Bogado? Me extendió un paquete que sacó de abajo del mostrador. Era una caja cuadrada, no muy grande, envuelta en papel floreado de regalo y un moño rojo.
—Gracias, Tino —le dije y me despedí de él con un apretón de manos y una sonrisa. Salí del barco y tomé el camino que había hecho por la noche. Pude ver a algunos yacarés revolcándose o tomando sol en los arenales de la orilla.
Recién cuando subí al Jeep, abrí el misterioso paquete. Era una de esas nuevas pistolas de rayos gamma. Venía acompañada por un permiso de portación internacional falso y una nota que decía:

“Querido amigo: deseo que no te alteres por el obsequio y que no tengas que utilizarlo, pero creí que era necesario, por tu seguridad, que la portaras. Un abrazo y te espero en Ciudad del Este. PD: Destruí esta carta una vez que la hayas leído. Atentamente, Ricardo Bogado”.

Antes del anochecer llegué, por fin, a Ñeembucú donde se encuentra el viejo campo de batalla, de aquella batalla fatídica e innecesaria como todas las que se libraron en esa guerra absurda.
Me desvié unos tres kilómetros del río Paraguay hacía el este. Es una zona donde los caminos son bastante anegados, pero con ayuda de Willy’s y de algunos lugareños —muy amables por cierto— que me hicieron de guía, pude llegar al lugar del camposanto.
De pronto me concentré en el agua que corría por todos lados, era una zona muy húmeda. Por momentos, en medio de la densidad arbórea, se hacía un claro en aquel monte y se divisaban, a una distancia irracional entre uno y otro, pequeños charcos o esteros. Allí, el agua brota de la tierra, la humedad proviene de canales subterráneos que nacen en los ríos profundos y surcan aquellos suelos, acorralándolos.
Crucé el puente internacional con cierto temor porque llevaba conmigo un arma con un permiso falso; era falso porque yo nunca lo tramité en ninguna oficina, de eso se había encargado Ricardo Bogado, un hombre que yo casi no conocía, pero que, sin embargo, me había arrastrado hasta allí. En realidad no era sólo Bogado, sino la historia, la aventura que me propuso él y hasta ahora unos cuantos compinches que lo seguían.
El olor líquido del agua se respiraba en el aire. Entraba en las fosas nasales y te atravesaba el cerebro. Todo el tiempo se respiraba agua, pensé que debería tener branquias para poder respirar con facilidad en esos lugares. Cuando me cruzaba con alguna persona de la zona observaba su cuello, en ocasiones, también me detenía en los dedos de los pies o de las manos buscando membranas entre ellos.
En medio del río me topé con un control de frontera, en la garita había unos seis prefectos de los dos países limítrofes (tres y tres)  y como “apoyo” —así decía un cartel que colgaba en la ventanilla donde se presentaban los papeles— contaban con unos diez marines de la INCOC, armados hasta los dientes. Al lado de aquel cartel había una foto del gigante que me había entregado el sobre cerca del pasaje La Nave. Escrito con grandes letras rojas en la foto se podía leer (en guaraní, en español y en inglés): “Tulio Corundo Ojeda. Terrorista Internacional. Se busca. Hay recompensa…”.
Cuando vi la foto y descifré la leyenda, me comenzaron a sudar las manos y me puse pálido como un papel, temía que me descubrieran, o lo que era peor, que encontraran el arma. Cuando me llegó el turno de mostrar los documentos, acompañé con mi pasaporte el carnet de prensa y, por suerte, me dejaron pasar, sin siquiera tener que mostrarles lo que llevaba en mi bolso. Los soldados tomaban mate en una casilla endeble y charlaban de mujeres, algunos estaban atrincherados por ahí, dispersos en las dos orillas y en los alrededores del puente.
El tiempo aguachento y caluroso de aquel lugar me generaba una modorra particular, todo parecía en cámara lenta. Las temperaturas superaban los límites de lo real, todo se tornaba confuso. La selva era espesa como un buen pulóver de lana. Por momentos, las huellas del camino que estaba siguiendo se chocaban con un impenetrable muro verde de árboles y lianas; entonces me detenía, daba marcha atrás e imaginaba otro surco que, a través de los claros, me condujera a destino.
Algunos monos pequeños se arrojaban desde los frondosos árboles al parabrisas del Jeep y me hacían pegar unos sustos tremendos. Cada vez que uno se aferraba al cristal, yo intentaba echarlos haciendo gestos con las manos y gritándoles injurias, pero viendo que los macacos no se movían, terminaba encendiendo el limpiaparabrisas para que salieran espantados.
Escuché el viento que traía, como en sueños, voces lejanas en el tiempo. Dialectos que, según mi opinión, ni siquiera la gente de aquel lugar había escuchado jamás. Era el clamor de la tierra, una súplica acallada tras años de pesadumbre y cansancio. Luego comenzaron los lamentos de la guerra y el olor a agua se convirtió en olor a sangre, a muerte.
Observé las fotografías de La batalla de Curupaytí: algunas cosas habían cambiado en el paisaje, no era exactamente igual al cuadro. Quizás, a la distancia, el manco no retuvo exactamente cómo era este sitio donde yo me encontraba ahora, respirando, sintiendo en lo más profundo de mi ser, a la Muerte que acechaba sin tregua.
A lo mejor, el tiempo y la selva se han tragado los recuerdos concretos de las masacres que se cometieron en aquella tierra; ya no se pueden ver las famosas trincheras, porque han quedado sepultadas bajo miles y miles de hojas secas, raíces, barro tal vez. Al día siguiente, un campesino (El hombre que conoció a la bestia) me mostró el lugar donde habían estado. También, corriendo unos yuyos de tres o cuatro metros de alto con un machete, me enseñó el lugar donde, todos arrumbados pero aún en pie, se encuentran el monumento en homenaje al Gral. José Eduvigis Díaz y una placa que recuerda a los caídos.
La noche me sorprendió allí, en el monte oscuro. A lo lejos se escuchaban los compases embriagadores de una polca, el viento los traía hasta mis oídos, entonces, siguiendo el rastro que me acercaba la brisa, el sonido que vibraba en el aire, me dejé llevar hasta el lugar de donde provenía. Subí a Willy’s, encendí el motor y partí.
No sabía bien dónde me encontraba, por el camino que me había llevado hasta allí, al el viejo campo de batalla, de aquella batalla fatídica e innecesaria, como todas las que se libraron en esa guerra absurda, casi no había visto casas, mucho menos algún poblado. Al último morador que había visto en el camino lo encontré a menos de medio kilometro antes de llegar, pero no vi ninguna casa o algo por el estilo; me parecía que aquel hombre iba de camino también, porque arrastraba, a sus espaldas, un carro con herramientas, leña y hojas.
Pensaba en Correa, Gastaldi y Herrera perdidos en el espacio mientras me dirigía hacia la polca. Por momentos, veía luces inverosímiles atravesar la noche, eran como luciérnagas o hermosas hadas de los pantanos que producían un efecto incandescente único: las luces se trasladaban en el espacio como algunas fotografías en movimiento, donde la luminosidad de los carteles y las luminarias de la ciudad parecen viajar por el aire, asemejando al humo. Recordé cuando era pequeño y mi papá nos encendía una estrellita —que también hacía un efecto similar— o un cohete con el fuego del cigarrillo. “Perdidos en el espacio, ¿qué luces habrán visto?”, me pregunté.
El camino era confuso, los faroles del Jeep, aunque eran potentes, no lograban despejar bien el sendero. Cuando me iba a dar por vencido, la música sonó más fuerte y pude oír algunas voces que celebraban al frescor del aire libre.
“Seguramente —pensé—, la compañía de aquella bebida, el licor que preparaba Crisóstomo haciendo fermentar un líquido verde que les exprimía a las criaturas, los ayudó a despejar sus temores”. Como a aquellos hombres que encontré tocando polcas paraguayas y bebiendo, también, un licor fuerte que me ofrecieron ni bien puse un pie en la tierra. El que primero se me acercó, con la botella en la mano, fue el último que había visto por la tarde en el camino. Me reconoció rápidamente y me saludó alegre.
Chamigo, ¿cómo dice que le va? Venga, pase, únase al grupo —me dijo y me extendió la botella—. ¿Se le ofrece algo para comer? —me preguntó y una señora, vestida con una falda larga y camisa blanca, me trajo una chipá deliciosa. “¡Lo único que falta es que también sean amigos de Ricardo Bogado!”, me dije para mis adentros y no pude evitar sonreír levemente mientras le devolvía el saludo. 
—Hola, ¿cómo están? Muchas gracias, me gustaría mucho unirme a ustedes, siempre y cuando sea bienvenido —dije tímido y entré en un terreno cercado con alambre y palos, donde había una casa muy modesta.
—Claro, venga pase —me dijo—. Usted vino a ver el campo de Curupayty, ¿no es cierto? ¿Le piensa pasar por Cerro Corá también? —me preguntó, sin rodeos, una vez que nos sentamos.
  —No, tengo un compromiso en Ciudad del Este —le respondí—. ¿Cómo me dijo que se llamaba, usted?
—Creo que no se lo he dicho, me llamo Pedro Ramón Alves, pero todos me llaman El hombre que conoció a la bestia —antes de decirlo se sacó el sombrero y, sin la sombra que le hacía, pude ver que una cicatriz profunda le atravesaba todo el rostro; era una hendidura oscura, pero no lograba ocultarla sólo con la barba y el pelo largo casi hasta los hombros. Luego se calzó nuevamente su sombrero y no volvió a quitárselo en toda la noche.
Al rato, cuando los músicos se callaron, empezó una ronda de mate. Calentaban el agua a las brasas, en un caldero de barro cocido. El mate era una calabaza bastante grande, los mates se hacían largos como esperanza de pobre. Luego, al rato, cuando vieron que estaba exhausto de tanto chupar la bombilla, me advirtieron que era para tomar un trago y pasarlo. “Me lo hubieran dicho antes”, dije, y todos largamos la carcajada. La mayoría de los presentes sólo parecían hablar en guaraní, aunque creo que me entendían; salvo Alves, que se dirigía a mí en español y a veces me traducía lo que decían los otros, y uno de los músicos, un misionero encantador, era el que tocaba el acordeón y cantaba.  
Finalmente, El hombre que conoció a la bestia me indicó un lugar donde podía dormir. Me habían colgado una hamaca paraguaya entre dos árboles robustos. Entonces me recosté e intenté dormir; era cómoda, pero no pude pegar un ojo. Las estrellas se veían espesas de tan amontonadas en el cielo. Era fabuloso verlas; no sé bien por qué, me recordaban esas pinturas puntillistas del siglo XIX.
Terminé yendo a dormir arriba de Willy’s, porque todo me distraía: los ruidos cercanos y lejanos al mismo tiempo, el cielo y sus astros, el olor del agua pululando en el aire, la brisa húmeda que se adhería a mi piel y la dejaba toda pegajosa, el gusto ácido de los mates, los mosquitos que zumbaban hambrientos cerca de mi cabeza, cierto temor a lo desconocido…
Entonces los vi: unos ojitos que parpadeaban en la oscuridad, a unos escasos metros de donde me encontraba, comenzaron a inquietarme. Acaricié, por las dudas, la pistola de rayos gamma que llevaba en la cintura, oculta debajo de la camisa, pero no fue necesario usarla. En el Jeep me sentí un poco más resguardado, coloqué la capota, recliné las butacas, me saqué las zapatillas y me acosté en cuero y sin pantalones. Finalmente me dormí.
Desperté por la mañana, temprano, cuando un rayo de sol que se filtraba ya con fuerza entre los árboles me estaba taladrando el cerebro. Descubrí que El hombre que conoció a la bestia  me observaba sentado en un tronco con un mate en la mano.
—¡Buenas y santas! ¿Cómo ha dormido?, parece que no le gustó la hamaca —me dijo y se río solo—. Venga a tomarse un amargo —agregó después y ya me extendía la mano para ofrecerme la infusión. Me senté a su lado, en otro tronco y agarré el mate con las dos manos, era un tereré fresquísimo.  
—¡Buenos días! Quiero que me acompañe hasta el lugar del campo de batalla, de aquella batalla fatídica e innecesaria, como todas las que se libraron en la guerra absurda entre nuestros países. Me han hablado de las famosas trincheras, pero ayer no las encontré; busqué en la selva durante un rato, pero no las hallé. Por favor, ¿puede, si es que aún existen, acompañarme y mostrármelas? —le dije con respeto y cierta solemnidad, que luego me pareció innecesaria.
—Claro, chamigo argentino, le voy a hacer la tour por Curupayty. No hacía falta que me lo pidiera, porque le iba hacer de todas formas —me dijo amable y desinteresadamente—. Sé que usted le vino desde lejos a conocer y eso aquí nos importa mucho. Tómese unos amargos más y después le vamos al monte a conocer las trincheras y el busto del General Díaz —Alves estaba suelto de lengua, se notaba que quería conversar—. ¿Así que es de Buenos Aires? ¿Extrañan el río por allá, no?, no se han resignado a perderlo. Al menos eso es lo que dijo un gringo que estuvo hace un tiempo por acá, después de haber pasado por Buenos Aires, dijo que se sorprendió y que a los porteños se les había bajado el copete.

Fuimos con Willy’s hasta un cierto punto del monte, cuando no pudimos avanzar más por la espesura de la selva, me condujo a pie por unos senderos estrechos. Caminamos mucho y, aunque todavía no era el mediodía, ya hacía un calor infernal. No entendía cómo, porque no había ni rastros del sol, la frondosidad cerrada cubría todo el cielo y la luz llegaba muy débil hasta el suelo, apenas si se filtraban unos rayitos entre los gigantescos árboles, enmarañados de ramas y lianas. Por fin, después de atravesar una pequeña laguna donde nos refrescamos un rato, se hizo un claro y nos chocamos con los monumentos cubiertos de pastizales altísimos. Alves corrió, como si fuera un gran telón, unos yuyos de tres o cuatro metros de alto con un machete, para enseñarme el lugar donde, todos arrumbados pero aún en pie, se encuentran el monumento en homenaje al Gral. José Eduvigis Díaz y una placa que recuerda a los caídos.
Estuvimos en silencio un buen rato. Entonces pensé en la posibilidad que tenía de perderme en algún lugar del planeta donde —y recordé un poema—: “…la alegría se desparrama como el polen…”, llegué a la conclusión de que era demasiado efímero.
Nos quedamos en silencio, El hombre que conoció a la bestia y yo. Mientras pensaba lo observaba cautelosamente. Había algo en sus ojos rasgados; en el bigotito oscuro y lampiño; en la forma que tenía de pararse, siempre con las manos al costado del cuerpo; no sé, era algo atávico que no logro, aún hoy, describir.
No me animaba a preguntarle qué clase de bestia era la que había conocido. Lo más llamativo era su cara, lo vi dos veces sin el sombrero de ala ancha que le oscurecía más de media cara. Tenía una cicatriz profunda que le atravesaba todo el rostro; era una hendidura sombría que no lograba ocultar sólo con la barba, demasiado lampiña, y el pelo largo casi hasta los hombros.
 Lo seguí en silencio hasta otro sector. Antes de llegar atravesamos un claro. Alves echó un vistazo al cielo y dijo que teníamos que apurarnos porque se venía la tormenta y que si nos encontraba allí no podríamos salir hasta que no cesara. “Un arca —se me ocurrió decir—, podríamos construir un arca”. El otro me miró asombrado y sonrió, después se detuvo y me señaló un lugar.
Caminamos nuevamente en silencio hasta el sitio que señalaba. Era a unos pocos metros. Los pájaros interrumpieron el silencio, una bandada de guacamayos de todos los colores (algunos que yo jamás había visto) y tamaños salió volando a los gritos y El hombre que conoció a la bestia me dijo por fin:

—Ésta, como todas, es tierra de leyendas. ¿Ve?, las trincheras le estaban por aquí, dicen que atravesaban kilómetros de monte y que también habían cavado un foso de más de cuatro metros de ancho por tres de profundidad. Ahora no hay nada… la selva es así, borra todas las huellas, se las traga, las acarrea a su vientre terroso y las convierte en su alimento. La leyenda está en todas partes, la lleva el viento de un lugar a otro, como el polen.