miércoles, 25 de mayo de 2016

Álvaro Gómez Herrera III

—Señores del Gobierno, permítanme que les diga, a ustedes y a toda la audiencia, que hemos conquistado una nueva e importante porción de tierra para ensanchar nuestro territorio nacional, sólo hay que volver a reclamarlo, asentarse en él…
Así comenzó su discurso en la tercera sesión el Brigadier, contradiciendo sus dos testimonios anteriores, cuando aseguró, en más de una oportunidad —igual que Correa en su primer testimonio: “Lo extraño fue que todo esto nos sucedió sin salir de la nave, nunca hicimos contacto con otro planeta, satélite o astro, nunca”—, que no habían hecho contacto con otro planeta.    
—… como hicieron nuestros antepasados europeos y nuestros padres políticos norteamericanos, esos que soñaron e idolatraron nuestros hombres de pro, como lo fueron Sarmiento y Alberdi. ¿Acaso no es nuestra respetada constitución del ’53 un homenaje a su homóloga de 1787? Muchos de ustedes estarán pensando que me contradigo. Ya sé que antes me abstuve de hablarles de esto. Pero lo cierto es que sigo con la convicción de que no estuvimos en ningún otro plantea o exoplaneta. Estuvimos, en verdad, en uno de sus satélites, semejante a nuestra Luna; con la diferencia de que este satélite es diez veces más grande que nuestra Luna. Unos días antes de nuestro regreso, la nave se movió unos kilómetros, gracias al combustible que yo había logrado producir en el laboratorio, y pudimos aterrizar en el satélite de un gran exoplaneta, desde allí pude observarlo y comprobar que es apto para la vida humana. Desde un principio supe que la aparición de la Virgen en las estrellas, los estigmas que me aparecieron cuando la nave naufragó por el espacio, mi devoción ciega y mi desinteresada tarea por aliviar los dolores del alma del Teniente Correa, que estaba poseído por el demonio y hablaba con él como un esquizofrénico, eran suficientes señales de que estábamos recibiendo una ayuda milagrosa. Regresamos porque Dios le dio un leve soplido a la nave y esa fuerza permitió que la Sojisticus AR-1 atravesara la Vía Láctea a toda máquina. Mi combustible no fue suficiente para hacer el viaje de regreso, por eso creo que recibimos una ayuda extra. Utilizando el Agujero de gusano que Dios puso a nuestra disposición y grandes cantidades de combustible, logramos volver a la Vía Láctea aproximadamente en un día; antes de llegar, desde la distancia, reconocí con claridad la espiral barrada, su núcleo galáctico activo y el brillo inconfundible del Sol. “Debimos estar en Andrómeda o en la galaxia del Triangulo”, le dije a Correa. Él se encogió de hombros, como si no entendiera lo que le decía. Hervía de fiebre y deliraba cada vez más: hablaba solo y gesticulaba como un cocainómano. Temí por su salud. Por suerte, cuando aterrizamos, fuimos rescatados al instante por el equipo especial de la INCOC y de la Fuerza Aérea Argentina, quienes lo socorrieron de inmediato y sin pérdidas de tiempo, lo trasladaron a la base de la IIª Brigada Aérea de Paraná, en la provincia de Entre Ríos, donde recibió todos los cuidados médicos para reponerse con prontitud. 
Herrera se mostró muy astuto y decidido en su último testimonio. Parecía haberse recuperado del todo de la dolencia que lo había asaltado en la primera indagatoria. Hablaba fluido y calmo. “Che, este ya arregló algo con los de la INCOC”, me dijo mi colega paraguayo, aquel que me hizo conocer al simpático animalito llamado coatí. “Puede ser…”, le dije y agregué “¿Qué habrá sido lo que arregló?”. El otro hizo un gesto que no pude descifrar y continuamos escuchando.             
—Por eso no entiendo las cosas que, según me contaron, dijo en su indagatoria…
Herrera estaba incomunicado, no sabía lo que había declarado Correa; entonces aclaró que le habían contado. ¿Quién o quiénes le habían contado?, al Tribunal parecía no importarle ya. Al igual que el Teniente, Herrera habló casi sin interrupciones. “Este sí que es más traicionero que una yarará. Esto ya está todo cocinado”, agregó al rato mi colega. “Sí, este sí que es un zorro, frío y calculador”, le dije, recordando la relación que yo había hecho del coatí (“mamífero carnicero parecido al zorro”) con Correa.    
—…, mentiras sobre el trato que recibí después del aterrizaje. Todos fuimos muy cordiales, sobre todo los soldados de la INCOC. Como les decía, encontramos un exoplaneta análogo al nuestro. Creo que las criaturas, que aparecieron en la nave, fueron plantadas allí por alguna forma de vida inteligente, proveniente de aquel planeta. “Debemos estar en Andrómeda o en la galaxia del Triangulo”, le dije a Correa. Él se encogió de hombros, como si no entendiera nada de lo que le estaba diciendo. “Claro, es un subalterno, no tiene por qué entender”, recuerdo que pensé.
Parecía haberse recuperado del todo de la dolencia que lo había asaltado en la primera indagatoria. Hablaba fluido y calmo. Ya no había ni rastros del posible ACV,  por el cual el Dr. Estanislao Araya, en la segunda sesión, aconsejaba (en una nota que entregó aquel día y que figura en el Expediente) al Comité tomar algunos recaudos para con su paciente.
—A las pocas horas, le ordené al Teniente Correa que saliera de la nave, en el vehículo de reconocimiento y con su traje espacial, para realizar una breve expedición por el satélite, que bauticé, en esa misma oportunidad, con el nombre de Ops 1, ya que noté, con cierta simpatía, que no era el único satélite que poseía el exoplaneta, pero sí el más grande de los tres. Por suerte, el telescopio de la Sojisticus funcionaba con normalidad; pude tomar varias imágenes de los otros satélites y del planeta, al que también bauticé con un nombre: Nueva Argentina. Lamentablemente, con el aterrizaje se borraron todos los archivos de la computadora, incluyendo las imágenes que habíamos tomado con el telescopio. Gigantescas auroras polares hicieron, un día de los pocos que estuvimos en Ops 1, un espectáculo fabuloso para nuestros ojos. El Teniente se detuvo, embelesado, a observar por una de las ventanillas de la nave; y, por supuesto, lo sorprendí una vez más hablando solo. Sus ojos oscuros se iluminaron hasta parecer blancos, por los destellos de las auroras, que se reflejaban con gran intensidad lumínica en los cristales de las escotillas. No tenía por qué entender lo que sucedía, es un subalterno, un soldado, su pobre existencia no lograba comprender dónde se encontraba; entonces intentaba arraigarse con fuerza a lo conocido. Yo creo que por eso inventó a un par, para poder conversar y no perder su identidad. Correa salió de la Sojisticus con mucho temor, pero pudo realizar la misión con gran éxito. Por su valentía, sugiero al Estado Mayor General de la Fuerza Aérea lo recompense por su heroicidad, con un escalafón o dos, además de recibir la medalla al mérito. Lo que vio Correa allí fue maravilloso. Cuando regresó (increíblemente, las cámaras del vehículo habían tomado varias tomas de los paisajes), vimos la filmación en la computadora de la nave (imágenes que también se perdieron en el aterrizaje). Ops 1 se veía con claridad. Y lo que vimos fue maravilloso. Correa decía haber visto la imagen de la Virgen en la luminiscencia de las auroras, debo confesar que yo también intuí su imagen entre un grupo de estrellas que observé un día con el telescopio. Sí, las criaturas, que aparecieron en la nave, fueron plantadas allí por alguna forma de vida inteligente, proveniente de Nueva Argentina. Como ya les dije, nos dimos cuenta de que estábamos en guerra contra organismos extraterrestres que intentaban tomar el control de la nave. Por suerte contaba con la presencia del Teniente Correa, porque sin subalternos no hay guerra. Hacíamos guardia para dormir, no sabíamos si esas criaturas nos devorarían por la noche. A las primeras, verdes y lampiñas, se les habían sumado luego unas rojas y peludas, un poco más grandes que las anteriores, y otras más pequeñas, similares a insectos que, por suerte, sólo comían el moho extrañamente verde que había comenzado a formarse en las escotillas principales. Hacíamos guardia para dormir. ¿Ya les conté que el muy cretino había hecho un catálogo de las especies que habían aparecido en la Sojisticus? Las describió de acuerdo a sus características y les puso un nombre. Las auroras, en los polos de aquel lejano planeta, se reflejaban con gran intensidad lumínica en los cristales de las escotillas, un espectáculo único. Algunos tonos de colores eran completamente nuevos para mí; creo haber experimentado algo similar a lo que habrán sentido los primeros cortesanos y religiosos que vieron por primera vez la paleta de Leonardo. A las más grandes, con pintitas amarillas y rayas rojas en el lomo, las llamaba “Pikachú”; a las que eran verdes, más pequeñas y parecidas a un simio, “Simiesku”; las últimas del catálogo, verdes también, pero más rechonchas, eran “Aberdeenanhulk”.
Volvía a describir el catálogo de Correa como si nunca antes lo hubiera mencionado. Parecía haberse recuperado del todo de la dolencia que lo había asaltado en la primera indagatoria y hablaba fluido y calmo, el cuerpo y las facciones relajadas, los miembros superiores hacían pequeños círculos cuando se refería a las auroras, cuando hablaba de otras cosas también permanecían relajados al costado del cuerpo o, por momentos apoyaba la cara en las manos; creo que lo hacía para ocultar su sonrisa nefasta dibujada en la cara, una sonrisa de victoria. Claramente, había logrado arreglar su situación. “¿Para vos qué arregló?”, le pregunté en el receso a un colega de la televisión local. No supo contestarme con palabras, pero me mostró un gesto que fue más que convincente: hizo la venia y golpeó con fuerza los tacos de sus zapatos; luego, formó un círculo juntando las puntas de los dedos índice y pulgar de la mano izquierda y pasó el índice de la derecha por el centro.                                      
—La misión fue todo un éxito, por eso me gustaría contarles lo que me dijo el Teniente Correa[1] y lo que vi yo con mis propios ojos de la expedición a Ops 1. Vi centelleantes estrellas fugaces que cruzaban el cielo, lo juro por María Emilia, mi esposa, y mis hijas, un cielo plomizo y ceniciento que era eterno, como la clemencia. Gastaldi no apareció más, lo esperamos, juro también por Dios y por la Patria, esta tierra que vamos a engrandecer con el descubrimiento y conquista de la Nueva Argentina.
Parecía haberse recuperado del todo de la dolencia que lo había asaltado en la primera indagatoria. Hablaba fluido y calmo. Ya no había ni rastros del posible ACV, declarado por el Dr. Estanislao Araya al comienzo de la segunda sesión indagatoria. “¿Para vos qué arregló?”, le pregunté en el receso a un colega de la televisión local. Me respondió con la venia y un gesto obsceno. Ahora, volvía a aparecer, después de mucho relato conativo y emocional, el Dr. Carlos Gastaldi. Herrera volvía a hacer referencia a la desaparición mágica y misteriosa.
Gastaldi era un tipo querido en el ambiente científico y político de la época. Se había hecho famoso cuando salvó a una colonia de pingüinos y lobos marinos en el sur de la Patagonia. Sus métodos de clonación e inseminación artificial fueron un éxito para impedir la extinción definitiva de los simpáticos animalitos. Luego llegó su mayor logro, para entonces, ya era todo un experto en manipulación genética de alimentos; desarrollaba, como director general, una investigación en el INTA conocida como “Vida Sintética Vegetal y Embrionaria (VSVE)”. El proyecto —casi completamente financiado por la INCOC— consistía en encerrar vida vegetal (supersemillas) y animal (superembriones) en diminutas cápsulas o comprimidos, para que fueran fáciles de transportar en grandes cantidades, obteniendo los mejores resultados en cuanto a la calidad y cantidad de especímenes que lograban desarrollarse hasta su adultez sin ningún problema genético o de otro tipo. En tan sólo cuatro años de arduas investigaciones, el equipo del Dr. Gastaldi había logrado excelentes resultados.
Me corrijo; con este último testimonio del Brigadier no parecían peligrar las negociaciones diplomáticas y económicas de la Argentina con la INCOC. Sus integrantes no sólo creyeron esta historia, sino que también le ofrecieron algún tipo de acuerdo a Gómez Herrera y por ende, al Gobierno Argentino.
“¡Qué poca memoria que tiene la gente!”, pensé durante el receso, ninguno de mis colegas recordaba el tratado firmado con la INCOC en una de las últimas sesiones de la ONU (antes de que quedaran adheridas sus funciones y objetivos definitivamente a la INCOC). Cuatro años antes del despegue de la Sojisticus AR-1, cuando recién comenzaban las investigaciones del proyecto VSVE, con Gastaldi a la cabeza, se firmó un acuerdo, ratificado por la mayoría de los países del mundo, incluido el nuestro, por el cual todo territorio descubierto en el espacio exterior, con posibilidades de desarrollar vida en él, quedaba automáticamente bajo el dominio y control de la INCOC, sin excepciones. Ellos se harían cargo de todo: gobierno, explotación económica de sus recursos naturales, población, infraestructura, etc. Con este acuerdo internacional, que aún seguía en vigencia, la entusiasmada promesa de Herrera quedaba sin efecto.
Busqué la plaza que había encontrado la vez anterior, cuando —también a las 12:45 horas— el Tribunal propuso hacer un receso de una hora y media para almorzar y tomar un poco de aire. No tuve suerte. Me aburrí después de dar algunas vueltas por el barrio, finalmente me senté en un banco, el único que encontré, a la sombra, en uno de esos pasajes peatonales que abundan en el microcentro porteño. Lo que sí repetí del anterior receso fue el sándwich de milanesa completo, que otra vez estaba muy bueno: una milanesa gigante con doble rebozado, dos rodajas de tomate, tres fetas de jamón cocido y tres de queso de máquina, fundido al pan rallado debido al calor de la carne. Me senté en el banco de cemento frío y disfrute del almuerzo. La sequía del Río de la Plata cambió definitivamente la fisonomía de la Ciudad. El río hoy está seco, el fango es tierra dura e infértil. A mí me parece que es una venganza, la venganza del río por darle siempre la espalda, nunca lo aceptaron al pobre. Desde su sequía, hace unos cinco años, el clima es mucho más hostil en Buenos Aires, el verano pasado se registraron temperaturas cercanas a los cincuenta grados. Según Correa, Herrera había mencionado que lo extrañaba: “¡Pobre el Río de la Plata, quién pudiera volver a surcar sus aguas!”.
Después de almorzar, repasé algunos datos que tenía en una carpeta azul, de esas con folios para organizar las hojas. Esta sólo era una parte de toda la información que había estado reuniendo en los últimos meses, desde la aparición de la Sojisticus en el río Paraná. El resto lo tenía en mi casa. “Con todo el material, una vez terminado el juicio, voy a escribir un libro de investigación sobre lo actuado en la causa”, pensé aquel día y hoy lo estoy escribiendo. Es una tarea tan ardua, porque se dijeron tantas cosas y tan variadas, que a veces creo que no voy a terminar nunca.
Hurgué entre mis papeles. Saqué un artículo al azar, el titular era el siguiente: “El Brigadier Gómez Herrera habría prestado falso testimonio debido a su impotencia sexual”, abajo un subtítulo aclaraba: “Una importante fuente aseguró que, en los informes psiquiátricos realizados por peritos de la INCOC, se relaciona el sueño de Herrera —narrado por el Teniente Correa— con una supuesta imposibilidad patológica para realizar el coito, la cual le habría provocado un trastorno afectivo bipolar que lo llevó a mentir compulsivamente”. Me reí un buen rato, el artículo no parecía ser muy serio. Los Medios dijeron cualquier cosa para confundir el trasfondo de los acontecimientos ocurridos en torno a la muerte del Dr. Gastaldi y de los arreglos diplomáticos entre nuestro país y la INCOC. Se publicaron infinidad de falacias —a mi entender—,  con tal de lograr que la gente creyera cualquier cosa al respecto. Un diario muy importante de la ciudad de Buenos Aires publicó una nota sobre un supuesto “crimen pasional”. Decían que Herrera estaría enamorado del Dr. Gastaldi y ante los reiterados rechazos, el Brigadier decidió terminar con su agonía amorosa, matando al científico de su tripulación, porque sentía más simpatía por el Teniente Correa. Los más osados arriesgaron que el Brigadier Herrera los habría sorprendido teniendo relaciones sexuales (más precisamente una felación), “…situación que produjo el arrebato pasional de Herrera, que terminó con un terrible desenlace”. Ninguna de las hipótesis parecía responder la gran incógnita: ¿Qué pasó realmente con el Dr. Carlos Gastaldi?  
Unos meses después del juicio (para ser exactos, casi dos) los Medios dejaron de hablar sobre el tema, y la opinión pública, rápidamente, olvidó la cuestión por completo. Recuerdo que se comenzó a hablar de un rebrote de la pandemia de Gripe Troyana; la novedosa enfermedad tenía la destacada particularidad de contagiar a seres humanos a través de Internet. Se trataba de un virus informático, catalogado como de infección residente, que no sólo atacaba a las computadoras sino también a los usuarios que las utilizaban. Por esta controversial epidemia, que ya se extendía más de seis meses, había decidido utilizar —a la vieja usanza— una carpeta de folios para reunir el material y no mi laptop nueva. Me fastidié mucho al principio, porque casi no la había podido usar desde que la compré, pero luego me acostumbré al papel y me sentí atraído. Recordé los viejos libros que había decidido guardar en un baúl unos años antes, cuando se dejaron de imprimir estos objetos mágicos. Los e-book eran ahora los dueños del mercado editorial, mercado que se tuvo que reinventar a sí mismo, como había sucedido unos años antes con las compañías disqueras. Pensé en rescatar algún libro del baúl cuando regresara a mi casa para volver a leerlo. Mi esposa siempre insistía en que debería hacerlos plata; desde hacía ya algún tiempo, existía un gran mercado negro de fetichistas que pagaban buenas sumas de dinero por los libros viejos, sobre todo si eran primeras ediciones y tenían una antigüedad mayor a los cincuenta años. Por suerte no le hice caso y ahora podía volver sobre las páginas de mis libros, recorrerlas una vez más. Como no le había hecho caso en esto y en otras tantas cosas, Karina me abandonó una tarde de verano y nunca más volví a saber de ella. Tampoco me preocupé demasiado por reencontrarla.          
   Observé detenidamente el paisaje urbano mientras devoraba mi sándwich de milanesa. “La sequía del Río de la Plata cambió definitivamente la fisonomía de la Ciudad”, pensé y continué pensando. El río hoy continúa seco, el fango es tierra dura e infértil. Tras su sequía se encontraron, en algunas zonas cercanas a la costa argentina y uruguaya del río, verdaderas alfombras de restos óseos humanos y animales. Los restos humanos eran, en su mayoría, de las últimas tres décadas del siglo XX y otros, los menos, de tiempos inmemoriales, tan inmemoriales como el mismo río. Era parte de la venganza: mostrarnos, una vez más y con dureza, una herida que no se cerraba nunca en la memoria de muchos argentinos. El paisaje era desolador. En un principio se pensó en sembrar —como es costumbre en la región pampena— el río seco; pero luego se desistió, porque el suelo estaba tan adusto que ni siquiera quedó agua en las napas para utilizarla en sistemas de riego. Tendrían que transportar millones de litros de agua y eso era muy, pero muy costoso e inapropiado, porque deberían vaciar otro río, lago o laguna, dejando así a otro pueblo o ciudad sin su recurso natural. Esta empresa no tenía otro sentido más que restituir el ego herido de los porteños, acontecimiento que no tardaron en aprovechar el resto de las provincias “unidas”; sobre todo las ciudades portuarias del sur de la provincia de Buenos Aires y de la Patagonia, ya que con la pérdida del Río de la Plata también se perdió la posibilidad de salida al mar de otras ciudades como Rosario. La sequía del río, finalmente, terminó con la hegemonía política y económica que habían atesorado durante siglos los habitantes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Observé detenidamente el paisaje urbano. Daba la sensación de que una cruenta guerra había tenido lugar en ella. Las baldosas de las veredas estaban levantadas, los baches en las calles semejaban cráteres abiertos por la caída de proyectiles explosivos desde las alturas, todo estaba abandonado desde la fatídica tragedia que azotó a la gran polis del Plata. Poca gente por las calles. Ya no era lo que fue, cuna del progreso de la Argentina, lugar de empleo asegurado. Ya no había trabajo para nadie, era espantoso. ¡Daba pena la pobre!      
Consulté mi reloj, la hora del almuerzo había terminado hacía unos diez minutos. Me tomé lo último de gaseosa que quedaba en la botellita y apagué mi cuarto cigarrillo. Aceleré el paso en dirección al juzgado. Llegué corriendo a la sala, Herrera ya había comenzado a hablar. Pedí permiso, lo más silenciosamente que pude, y logré sentarme en la silla que tenía reservada. Mi colega paraguayo me miró y me sonrió cómplice. Luego me enteré de que él también había llegado una vez comenzada la sesión, unos tres minutos antes que yo.           
—Las centelleantes estrellas, que fueron tomadas con claridad por las cámaras del vehículo de reconocimiento, titilaban increíblemente en el espacio. El suelo era arenoso y seco, las huellas del Teniente quedaban, tras sus pasos, marcadas e inmóviles en el polvo satelital. Correa, a pesar de sus arrebatos esquizofrénicos, fue muy valiente. Le dije que llevara la bandera para plantarla en Ops 1. Él obedeció sin chistar, se calzó el traje y tomó con sus dos manos la caja con la bandera, reglamentariamente doblada. Lo saludé con la venia y me devolvió el saludo. Luego miró hacia su costado derecho, buscando la aprobación, entiendo yo que de su amigo imaginario, y subió al vehículo, se abrochó el cinturón de seguridad y cerró las escotillas. “Suerte, Teniente”, le dije y me lo agradeció con un gesto amistoso. Ops 2 era un poco más grande que el 3, pero más pequeño que el 1. En un momento quise bautizar a los otros dos satélites con otros nombres: para 2 pensé Tlön o Trön, ya no lo recuerdo con exactitud; porque, finalmente desistí de realizar el bautismo y los seguí llamando Ops 1, 2 y 3. La bandera quedó preciosa, flameando en aquel suelo desierto. “¿Ve que no hay nadie con usted?”, le dije a Correa cuando volvió, para convencerlo de que Crisóstomo no había salido en la filmación, porque él había ido solo a realizar la misión en el satélite, nadie más estaba en el video que habían registrado las cámaras. Comenzó a reírse a carcajadas y me atemorizó. “Usted no lo ve porque lo niega, porque no lo tolera, nunca le agradó su presencia; pero él está ahí en el video, a mi lado. Claro que yo lo veo… Y ahora también lo veo, está aquí, con nosotros”, me respondió Correa y señaló un lugar vacío a su derecha…
Hablaba fluido y calmo, el cuerpo y las facciones relajadas; por ratos se llevaba las manos a la cara, lo hacía para ocultar una sonrisa nefasta. Una sonrisa de victoria. Era evidente que ya tenía todo resuelto. “¿Qué habrá arreglado con la INCOC?”, me volví a preguntar. Tenía que ser algo jugoso. Con el arreglo que había conseguido, ya no parecían peligrar las negociaciones diplomáticas y económicas entre la Argentina y la INCOC.  
—… Le di la razón, total no le hacía mal a nadie; lo importante era la misión que había sido un éxito. Correa logró tomar algunas muestras muy satisfactorias de minerales y metales preciosos, entre los que se encuentran algunas pepitas de oro y aproximadamente una onza de plata. Nueva Argentina estaba allí, deslumbrante. Aunque su atmósfera era espesa, se podía ver su geografía con bastante claridad, es un planeta gigantesco: grandes cordilleras se extienden al sur y al oeste, formando cadenas montañosas de más de diez mil kilómetros de extensión. Los océanos, también extensos, son azules y algunos de tonos rojos, como sangre o licuado de frutillas. “¿Qué sucedía en ese momento?”, le dije al Teniente, porque yo sólo veía la pared del hangar donde había dejado estacionado el vehículo. Él sólo decía incoherencias, como la teoría del caos que le había explicado Crisóstomo: “En el sentido del caos se resuelven todas las incógnitas del ser…”, me dijo algo así, se había puesto metafísico. Yo lo dejé hablar porque ya no me importaba, sólo quería volver a la Tierra para traerles las novedades de mi descubrimiento. El último día en Ops 1 faenamos a la última de aquellas criaturas. Era una pequeña del tamaño de un cordero; todas las demás, las que habíamos criado en la habitación de Gastaldi, que hacía las veces de establo, las utilicé para hacer el biocombustible en el laboratorio. No desperdicié nada de aquellas pobres bestias, todo (cuero, pelos, huesos, sangre, etc.) me sirvió para desarrollar la fórmula del combustible. Si en aquel satélite había metales preciosos, imagínense lo que habrá en el exoplaneta; teniendo en cuenta sus dimensiones, recursos naturales sin fin…                      
Parecía haberse recuperado del todo de la dolencia que lo había asaltado en la primera indagatoria y hablaba fluido y calmo, el cuerpo y las facciones relajadas; por ratos se llevaba las manos a la cara, lo hacía para ocultar su sonrisa nefasta. Entre los papeles que revisé en el almuerzo, recordé un artículo interesante que hablaba sobre la reacción de los colegas de Gastaldi, sus discípulos y compañeros del proyecto VSVE. Los científicos guardaron silencio, ni siquiera se acercaron a ofrecer su testimonio acerca de la persona de Gastaldi o de la naturaleza del proyecto. Según la fuente que revisé, el Tribunal los habría invitado especialmente a las sesiones; pero ellos se excusaron, alegando que estaban saturados de trabajo que no podían postergar. Era llamativo que VSVE, a pesar de la pérdida de su director y principal mentor, no se haya cerrado. No sólo no se cerró sino que además se había incrementado, en lo que iba del año, un ciento por ciento el presupuesto que destinaba la INCOC para que continuara desarrollándose. Ahora estaba a cargo el Dr. Brandon Smith, un científico norteamericano que había viajado a la estación Taurus-Marte 1 en dos oportunidades.          
—… las posibilidades son más que óptimas para extender nuestras fronteras y las de todo el planeta Tierra. La raza humana no se extinguiría jamás si pudiéramos ir saltando de planeta en planeta, una vez que los vayamos agotando en recursos y espacio. Nueva Argentina está allá, esperándonos. Señores del Tribunal y representantes del Gobierno, ¿dejaremos pasar esta oportunidad? No tengo mucho más para decirles. La Historia nos ha demostrado que somos una raza guerrera, conquistadora, depredadora…
Cada tanto se llevaba las manos a la cara, lo hacía para ocultar su sonrisa nefasta. Desde afuera comenzaron a llegar gritos y clamores, en un principio apagados, pero a medida que pasaban las horas se iban acrecentando. En la puerta de los tribunales se había agolpado un grupo de personas para reclamar por Justicia y Verdad. Organismos de derechos humanos y partidos de izquierda marcharon desde el Congreso hasta las inmediaciones del Juzgado, en reclamo de Justicia para el Dr. Carlos Gastaldi. Cuando vieron que llegaba la última sesión y todavía no se sabía nada concreto sobre el científico y que además todo indicaba que la INCOC estaba detrás, decidieron organizar una manifestación.          
—Y es ese nuestro destino y fin último. Quiero que este país, que soñaron, Grande, nuestros abuelos, cumpla su destino y ocupe el lugar que siempre tuvo reservado; y que por culpa de los tilingos y de la chusma y sus intereses populacheros, como los que gritan ahora sandeces allí afuera —lo dijo señalando hacía la calle, donde se encontraban los manifestantes—, nunca hemos logrado. Señores, el futuro llegó hace rato. Es momento de dejar atrás la Barbarie y abrazar, de una vez y para siempre, la Civilización y su progreso. Basta de los resentimientos egoístas de antaño. La Patria nos lo demanda.          
El estruendo se escuchó, por onda expansiva, desde la puerta. Atravesó los pasillos y llegó hasta la sala. Los manifestantes eran violentamente reprimidos por la policía. Pronto todo el recinto quedó en tinieblas, el humo de los gases lacrimógenos y de las detonaciones de balas de goma inundó todo el edificio. La policía contuvo la movilización con vallas y camiones hidrantes, pero los manifestantes no cedían: “¿Qué pasó con el Dr. Carlos Gastaldi?”, decían los carteles con grandes letras rojas. Muchos tenían remeras blancas con un estampado laser: “¿Dónde está Carlos Gastaldi?”. Seguramente, entre los manifestantes se encontraría la esposa de Gastaldi, también el hombre que le arrojó un tomatazo en la cara a Correa y la mujer gorda que había insultado a Herrera en la segunda sesión. En medio del bullicio, Herrera seguía hablando, ahora lo hacía a los gritos, porque era imposible hacerlo de otra manera, ya sea por las voces que crecían afuera o por la euforia con que el Brigadier llegaba al final de su discurso.     
—¡Viva la Patria, carajo, viva la Patria, carajo, viva la Patria, carajo!
—¿Alguien quiere hacerle alguna pregunta al Brigadier? —dijo, también a los gritos y en medio de la neblina provocada por el humo, el Presidente del Tribunal—. Bueno, entonces damos por cerrada la sesión —agregó, inmediatamente, sin permitir que nadie osara levantar la mano para hacer una pregunta, aunque eso hubiera sido muy difícil, ya que todos tosíamos sin parar y nos cubríamos las vías respiratorias con pañuelos—. Recuerden que este Tribunal debatirá, en los próximos días, los hechos que se han narrado para dictar un veredicto —dijo finalmente.

Así terminó su testimonio el Brigadier Gómez Herrera. Por seguridad, nos hicieron salir por atrás, por una puerta de emergencia. Caminamos en fila por un largo pasillo angosto, similar a los túneles que, según Herrera, había encontrado el Teniente Correa en el satélite Ops 1. Caminamos uno detrás del otro, porque no entrábamos de otra manera por el pasillo. Lo hicimos en silencio, no sé qué les pasaría a los demás, pero a mí me había embargado un sentimiento de indignación, provocado por las últimas palabras de Herrera.
De pronto sentí náuseas y mareos. Un ordenanza del Juzgado se acercó hasta donde me encontraba porque me vio muy pálido y me preguntó si me sentía bien. “¿Se siente bien?”, me dijo y mi colega, el paraguayo, que venía caminando detrás de mí, me atajó para que no me cayera. El suelo comenzó a moverse y me desvanecí.
Cuando desperté me encontraba en una camilla, estaba en un pequeño consultorio de una sala de primeros auxilios que había en el edificio. Me habían trasladado allí porque perdí el conocimiento. Una gran franja de tiempo se me borró completamente de la memoria, al punto de no recordar nada. Me incorporé y me senté en la camilla, sentí un olor espantoso, en el suelo había un balde lleno de vómito, pedacitos de milanesa flotaban en el líquido repulsivo.
De pronto se abrió la puerta que estaba a un costado de la camilla y entró un hombre con delantal de médico. “¿Se encuentra mejor?”, me dijo, y yo miré de reojo el balde pestilente. Él comprendió y luego agregó: “Sí, es suyo. Estuvo vomitando un buen rato, hasta que se quedó dormido”. “Perdón. Es que… lo que dijo aquel hombre en la sala me causó tal asco que de repente no pude contener las náuseas”, le dije avergonzado. “No se preocupe, puede pasar. Su amigo lo ha esperado al pie del cañón”. Yo lo miré sorprendido, ya que me encontraba solo cubriendo el Juicio, no había ido con ningún amigo. “Mientras ustedes hablan, voy a llamar al personal de limpieza para que se deshagan de eso…”, dijo señalando el balde.
Cuando salió, abrió la puerta, enérgicamente, y entró mi supuesto amigo. Al principio lo miré sin reconocerlo: “¿De dónde lo conozco?, pensé. Pero luego de mirarlo unos segundos con atención, lo reconocí: era el paraguayo. “Nos diste un susto grande”, me dijo. Era morocho y de profundos ojos verdes, tenía el pelo largo y oscuro como la noche, recogido en una cola de caballo, y la cara picada de viruela. “Gracias por preocuparte”, le dije sonriente. “De nada. Soy Ricardo Bogado, corresponsal internacional para el Diario Las nuevas vanguardias de Ciudad del Este”, agregó, con una sonrisa amistosa, extendiéndome la mano.  



[1] Este relato, igual que el del Teniente Correa, ganó su propia autonomía; por ese motivo lo transcribo aparte, al final de la indagatoria, sin las intervenciones de Herrera. (Nota del Narrador).   

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